viernes, 28 de agosto de 2009

Diccionario vampírico

A


Adze: Un espíritu del vampiro que mora en las tribus de hechiceros, de la gente que habita parte del sureste de Ghana y del Togo meridional en África. La Adze vuela en forma de luciérnaga pero, si está cautiva, cambia y se convierte en un ser humano. Bebe sangre, el aceite de palma y el agua de coco y sus presas son niños, especialmente los que son hermosos.


Algul: Un vampiro árabe. La forma de este vampiro es tradicional un demonio femenino que se da festines con bebés muertos.


Alp: (ALEMÁN) En el saber popular Alemán, es un vampiro incubo o una depredador chupa sangre, quien sale a volar de noche para chupar del pecho de un hombre o niño, tomándose su sangre y también es quien vacía la leche del vacuno y de las mujeres. El Alp es un consumado cambia forma, puede aparecer como un pájaro, gato, y se pone una "gorra de ocultamiento" (Tarnkappe) ,la cual le da invisibilidad y poderes mágicos cuando la usa. Cuando una mujer usa el aro de los caballos para facilitar el parto, el recién nacido esta destinado a ser un Alp. A menudo entra en el cuerpo de sus victimas en forma forma de serpiente. El nombre deriva de la teutónica como Alf o Elf (duende), significando "El Brillante Blanco". Es esencialmente un duende peligroso y maléfico.


Agriogourouno:(MACEDONIO) El o "Verraco Salvaje" es en el saber popular de Macedonia un fenómeno de cambia forma que se cree comúnmente aflige a los Turcos quienes han llevado una vida particularmente maligna o quienes nunca han comido cerdo y a quienes el destino les ha deparado volverlos hombres verracos, antes y después de muertos .El cambio es notorio cuando el individuo cae sobre sus cuatro extremidades y gruñendo con frenesí porcino para luego de cubrir un corto espacio, se dispara cruzando zanjas, setos vivos y arroyos corriendo hacia el campo abierto. El Agriogourouno se pasa cuarenta días en este estado atacando a viajeros y haciendo llamadas agresivas en las casas de sus enemigos antes de irse por completo hacia las montañas para existir para siempre en el estado de hombre verraco.


Asanbosam: Asanbosam es un vampiro Africano. Son vampiros normales sólo que ellos tienen ganchos en lugar de pies. Mordiendo a sus víctimas en el dedo pulgar.


Aswang: (FILIPINO) Este es considerado un vampiro puesto que su alimento principal es la sangre, y los fetos humanos. El "animal" se introduce en forma de serpiente, su vía es la vagina y de esta manera penetra hasta el feto ya sea para alimentarse o para introducirse en él, algunos de los productos sobreviven, crecen y con el paso del tiempo se convertirán en un Aswang.


B


Baital: Baital es el vampiro indio, su forma natural es mitad hombre, mitad murciélago, mide medio metro.


Bajang: Un vampiro de Malayo, se asume que es hombre, aparece como un gato y normalmente como niños amenazadores. El Bajang se puede esclavizar y se obsequia de una generación. Se mantiene en un tabong (recipiente de bambú) el cuál es protegido por varios encantos. Mientras que él está encarcelado se alimenta con huevos y se tornara en su contra si no se le proporciona bastante alimento. El amo de este demonio puede enviarlo a infligir daño a sus enemigos, el enemigo generalmente muere tiempo después de una enfermedad misteriosa. Según tradiciones el Bajang vino del cuerpo de un niño recién nacido, y puesto fuera de él por varios encantos.


Baobhan Sith: (ESCOCÉS) Son vampiros hadas de quienes se dice cazan en lugares solitarios y silvestres de Ross-shire, en especial las ruinas y lugares desiertos. El Baobhan Sith se aparece como una joven y hermosa mujer, con vestimenta verde y cabellera larga y dorada quien hace su presa a cazadores y hombres jóvenes encontrados en áreas silvestres al anochecer: aquellos que son lo suficientemente imprudentes para ceder a sus avances, a menudo se les encuentra sin una sola gota de sangre.


Blausauger: (BOSNIOALEMÁN) Significa literalmente "Chupa sangre", este termino denota a un vampiro, morador de panteones desiertos y cementerios en Bosnia y algunas regiones de Alemania.


Bhuta: Vampiro de la India, normalmente es creado por la muerte violenta de un individuo. El Bhuta se encuentra en los cementerios o en lugares solitarios y oscuros, comiendo excremento o intestinos.

Brahmaparush: Un vampiro de la India que goza el consumir seres humanos. Esta criatura bebe la sangre de sus víctimas a través de su cráneo, luego come el cerebro y finalmente procede a envolver con intestinos el cuerpo de sus víctimas y realiza una danza ritual.


Bruxsa: (PORTUGUESA) Un vampiro bruja femenino quien al anochecer se transforma en un gran pájaro nocturno que vuela hacia sus demonios amantes en el Sábado. Las Bruxsas también atacan y aterrorizan a viajeros ignorantes, a veces seduciendo hombres con quienes se encuentran en lugares silvestres. Las Bruxsas después de pasar una noche completa con estos placeres nada sagrados regresan a casa a chupar la e de sus propios hijos. En esencia la Bruxsa es una a depredadora quien manda por delante a su esperpento de modo ornitomorficos para poder viajar de noche con intenciones agresivas.


Burculacas: (GRIEGO) El termino utilizado en Grecia para el vampiro y licántropo. Algunas variantes incluyen, Broucalaque y el mas conocido Vrykolokas.


Brujas Gato: (EUROPEAS) Esta aliado con el mito general del vampiro/hombre lobo la idea prevaleciente en Europa y en otros lugares que las brujas se transforman en gatos y llevan acabo sus excursiones nocturnas disfrazadas como felino. Se tiene testimonio de esta tradición en muchos relatos desde Irlanda, Gales y Escocia. En algunas partes de Francia, las brujas si( asumen la forma del gato negro y se reúnen en esta para celebrar el Sábado en el bosque espectral de Bonlieu. Los gitanos Eslavos sostienen que los vampiros pueden aparecerse en forma de gato y la bruja Romaní, la Chovihani, se puede desplazar de noche como un gran gato negro.




lunes, 24 de agosto de 2009

Vampiros en la antigua Grecia




Historias de Lamias

En la tragedia griega nos enfrentamos con los mayores derramamientos de sangre. La empusa o lamia, es un demonio que poseía cuerpo material, pero no formado por carne y huesos.

El poeta inglés Keats basó su poema Lamia en la siguiente leyenda que aparece en la Vida de Apolonio de Tiana, de Filóstrato. Este habla de un discípulo de Apolonio.

Entre los más recientes se encontraba Menipo, un licio de veinticinco años de edad, provisto de buen juicio y de un cuerpo de tan bellas proporciones que más bien parecía un elegante y noble atleta. La mayoría de la gente creía que Menipo era amado por una mujer extranjera, muy hermosa, delicada y rica; sin embargo, no poseía ninguna de estas cualidades: todo era aparente.

Un día, yendo solo por el camino, se encontró con una aparición, una mujer que cogió su mano y le aseguró que hacía mucho tiempo que estaba enamorada de él, que era fenicia y vivía en un barrio de Corinto cuyo nombre le dio, diciéndole:

“Cuando llegues allí esta noche oirás mi voz cantándote; te daré un vino que jamás has bebido antes y no habrá rival que te moleste; nosotros dos, hermosos seres, viviremos juntos.”

El joven asintió, porque, aun siendo filósofo convencido, era susceptible a las tiernas pasiones. Aquella noche fue a verla y a partir de entonces se le vio constantemente en su compañía. Decía amarla porque aún no se había dado cuenta de su naturaleza.

Apolonio observa a Menipo como lo haría un escultor; trazó la silueta del joven y la examinó.

Después de hallar sus puntos flacos, le dijo:

-Eres un joven atractivo y hermosas mujeres te asedian, pero en este caso estás acariciando a una serpiente y una serpiente te acaricia a ti.

Ante la sorpresa de Menipo, Apolonio añadió:

-Esta dama es de una clase con la que no puedes casarte. Además, ¿ Porqué habrías de hacerlo? ¿Crees acaso que te ama?

-Claro que lo creo-respondió el joven-, ya que se comporta como si me amase.

-Entonces, ¿te casarías con ella?- preguntó Apolonio.

-¿Por qué no? Ha de ser maravilloso casarse con una mujer que le ama a uno.

Apolonio preguntó a Menipo por la fecha de la boda.

-Quizá mañana-contestó-, no tenemos por qué retrasarlo.

Apolonio aguardó con impaciencia el momento del banquete nupcial. Y entonces, presentándose a sí mismo a los invitados recién llegados, dijo:

-¿Dónde está la exquisita mujer a cuya invitación habéis acudido?

-Aquí está-replicó Menipo enrojeciendo al tiempo que se alzaba ligeramente de la silla.

¿Y a quien pertenece la plata, el oro y el resto de la ornamentación de la sala del banquete?

-A la dama-replicó el joven-. Esto es todo lo que poseo-dijo, señalando la capa que vestía.

Apolonio dijo:

-¿Has oído hablar de los jardines de Tántalo, que tan pronto existen como desaparecen?

-Sí-respondieron ambos-, en los poemas de Homero, ya que, ciertamente, nunca hemos ido al Hades.

-Pues lo mismo ocurre con lo que nos rodea en estos momentos, ya que no es real, sólo lo parece. Para que puedas comprender la verdad de mis palabras te diré que esta bella mujer es uno de los vampiros, es decir, uno de esos seres a los que muchos llaman lamias y duendes.

Estos seres se enamoran y dedican su vida a las delicias de Afrodita, pero en especial a devorar la carne de los seres humanos. Atraen con sus caricias a todos aquellos a quienes desean devorar.

La dama repuso: -Deja de decir tonterías y vete de aquí.-

Pretendía estar disgustada por las palabras de Apolonio y no cabía duda de que se sentía inclinada a mofarse de los filósofos, diciendo que sus palabras carecían de sentido.

Sin embargo, cuando quedó demostrado que las copas de oro y los objetos de plata eran tan ligeros como el aire y estos se confundieron con la luz, desapareciendo ante sus propio ojos, mientras los escanciadores de vino y todo el tropel de servidores se esfumaba tras las palabras pronunciadas por Apolonio, el espectro pretendió llorar e imploró que no la torturara y no la obligase a confesar lo que en realidad era.

Apolonio insistió sin ablandarse hasta que admitió ser un vampiro, que había estado embaucando a Menipo procurándole placeres antes de devorar su cuerpo, ya que necesitaba alimentarse con cuerpos jóvenes y hermosos, de sangre fuerte y pura.

He relatado la más conocida historia de Apolonio en toda su extensión, porque he creído necesario hacerlo así; muchas personas conocen el hecho y saben que se desarrolló en el centro de la Hélade; solo saben, de modo vago, que atrapó a una lamia en Corinto, pero nunca han sabido cómo sucedió y que lo hizo para salvar a Menipo. Yo debo este conocimiento a Demetrio y a sus escritos.




Otras tipologías de no-muerto griego

Otros bebedores de sangre de la antigua Grecia eran los manie (seres de una deformidad aterradora), los larve o larvae, espíritus que llevan consigo la marca de algún crimen, o la marca de un fin trágico y violento, que devoraban niños, el mormo (un espectro femenino), los gilo (fantasmas nocturnos) y las striges, que se presentabas como hermosas mujeres vampiro y como aves de rapiña chupadoras de sangre que también se inclinaban por la sangre de recién nacidos, a los que arrebataban de sus cunas mientras producían un sonido estridente.

Ovidio, autor latino nacido en el 43 a. C. describe a estas últimas en sus Fastos:

Hay unos pájaros voreces, no los que engañaban
Las fauces de Fineo con los manjares,
Pero tienen la descendencia de ellos.

Tienen una cabeza grande, ojos fijos, picos aptos para la rapiña,
las plumas blancas y anzuelos por uñas.

Vuelan de noche y atacan a los niños, desamparados de nodriza,
y maltratan sus cuerpos que desgarran en la cuna.

Dicen que desgarran con el pico las vísceras
de quien todavía es lactante
Y tienen las fauces llenas de la sangre que beben.

Su nombre es Stringe;
pero la razón de este nombre es que acostumbrar a graznar de noche de forma escalofriante.

Strix, la vampiresa caníbal


Petronio y Marco Anneo Lucano hacen la siguiente descripción sobre la strix Ericto, inhumana habitante de Tesalia que habitaba sepulcros vacíos:

Su fisonomía sacrílega está marcada por una escualidez repulsiva, y su cara, espantosa por su lividez infernal, se inclina sobrecargada de desgreñados mechones; el cielo sereno no la ha visto jamás.

Si un nimbo y negros cúmulos ocultan los astros, entonces es cuando la Tesalia sale de las despojadas tumbas en pos de los rayos nocturnos.

Con sus pisadas deja quemadas las semillas de las mies feraz, y con su aliento corrompe el aire que no era mortal. Sepulta en la tumba almas llenas de vida que todavía rigen los cuerpos; a otros a los que los hados les reservaban años de vida se les ha presentado la muerte, sin ella quererlo; pervirtiendo las exequias, saca los cadáveres de los túmulos, y los restos mortales escapan de las mismas tumbas.

De en medio de las piras roba las humeantes cenizas y huesos calcinados de jóvenes y hasta la antorcha que sostenían sus padres; recoge los residuos del lecho sepulcral que vuelan en oscura humareda, los vestidos que se deshacen en cenizas y el rescoldo que huele a cadáver.

Desde luego es mejor que “cuidado con el perro”

Mas cuando se han enterrado bajo piedras y pierden los humores internos, y consumida la médula de los cuerpos corruptos se endurecen, entonces se encarniza ávidamente contra todos los miembros, hunde las manos en los ojos, se extasía vaciando los helados globos y les roe las pálidas excrecencias de las manos desecadas.

Se sitúa junto a los cadáveres dejados en la tierra desnuda antes que las fieras y las aves rapaces, y no despedaza los miembros con el hierro o con sus propias manos, sino que espera a que los muerdan los lobos, dispuesta a arrebatar de sus ávidas fauces los desmembrados trozos.

No duda ante el asesinato si necesita sangre caliente, la primera que brota al abrir el cuello, si las fúnebres mesas exigen entrañas palpitantes; así, abriendo el vientre, y no por donde la naturaleza reclama, extrae los fetos para colocarlos en aras ardientes.

Arranca el vello de un cadáver en la flor de la vida, arranca con la mano izquierda la cabellera de los efebos moribundos. A menudo, en el funeral de un pariente, la sanguinaria maga Tesalia se abalanza sobre los miembros queridos y, dándoles un beso, les mutila la cabeza, les abre la boca oprimiéndosela con los dientes y, mordiéndoles la lengua pegada al paladar reseco, desliza un murmullo en sus labios helados, transmitiendo así algún nefando secreto a las sombras de la Estigia.

FUENTE: http://www.blogodisea.com/vampiros-antigua-grecia/mitologia-griega/

sábado, 22 de agosto de 2009

HISTORIA DE VAMPIROS



Desde el principio de los tiempos, las leyendas de vampiros se extendieron por la faz de la tierra. Pero su señal distintiva no es comparable a la de otros monstruos extraordinarios. Desde la Grecia Clásica hasta nuestros días se conoce la leyenda nacida en la antigua Persia: el registro más antiguo que documenta la existencia de los vampiros es un vaso con el dibujo de un hombre luchando contra una extraña criatura que intenta succionar su sangre.

Más tarde, los mitos babilónicos incorporaron una extraña deidad que se alimentaba bebiendo la sangre de los niños: su nombre es Lilitu o "Lilith".

De acuerdo con los textos hebreos, Lilith fue la primera mujer de Adán, a diferencia de lo manifestado en el Antiguo Testamento bíblico. Debido a su torpeza sexual, abandonó a su marido y se transformó en la Reina de los Demonios y de los espíritus malvados.

En China, durante el siglo VI A.C. se encontraron resonancias de la tradición cultural persa y hebrea. Los mismos antecedentes fueron hallados por antropólogos en India, Malasia, Polinesia, las tierras aztecas de México y la zona de Eskimos.


¿DIOSES O VAMPIROS?


De acuerdo con la mitología azteca, la ofrenda de sangre de jóvenes víctimas a los dioses garantizaba la fertilidad de la Tierra. Pero, aunque éste sea otro antecedente, las clásicas historias de vampiros se originaron en el seno de la civilización europea... Los antiguos griegos comenzaron su gesta.

Existen numerosos dioses bebedores de sangre en la mitología griega y romana, conocidos como Lamiae, Empusae y Striges. Sus nombres fueron históricamente vinculados con el de brujas, demonios y vampiros. Pero estos vampiros, aunque bebían sangre humana, eran sólo deidades y no “muertos vivos”. Se trataba de divinidades capaces de adquirir apariencia humana para poder seducir a sus víctimas.

Con el paso del tiempo y el aumento de popularidad del Cristianismo, el valor simbólico de la sangre se incrementó. La comunión del Espíritu Santo, que incluye beber el vino –símbolo de la sangre de Cristo– y comer el pan –alegoría de su cuerpo– hizo cobrar incomparable relevancia a este fluido vital. Además, durante el siglo XI las brujas y los médicos prescribían sangre de vírgenes para curar enfermedades.

Varias menciones a la presencia de vampiros pueden encontrarse en libros como El diccionario diabólico, escrito por el obispo de Cahors, en El Nugis Curialium, de Walter Map, y en la Historia Rerum Anglicarum, de William de Newburgh.


VAMPIRISMO DURANTE EL RENACIMIENTO


El fenómeno del vampirismo continuó en boga durante el Renacimiento, aunque de manera esporádica. Y se reactivó notablemente a partir del siglo XIV durante las pestes que asolaron las regiones centrales de Europa, como Prusia, Silesia y Bohemia.

Incluso llegó a interpretarse que la peste bubónica era causada por los vampiros, y el pánico de la infección condujo a gente a la enterrar a sus cadáveres sin siquiera verificar que fueran verdaderamente difuntos...

Fue por entonces que comenzó a pensarse que los vampiros se levantaban de sus sepulcros: eran personas vivas que, al salir de sus tumbas, eran interceptadas por vampiros que le infligían heridas y los transformaban en uno más del grupo.

A mediados del siglo XV, el vampirismo volvió a tomar la delantera en temas supersticiosos gracias a la publicación de un ensayo de Frenchman Gilles de Rais. Más tarde, un miembro del batallón de Juana de Arco se fugó hacia las tierras del sudoeste de Francia para buscar el secreto de la “piedra filosofal” en la sangre. Guiado por esta búsqueda, asesinó entre 200 y 300 niños, torturándolos de forma siniestra, para utilizar su sangre durante los experimentos.


LA APARICIÓN DEL MÍTICO DRÁCULA


Más tarde, durante el siglo XIX, Joris-Karl Huysmans se autocalificó como un vampiro auténtico en su novela La-Bas. También en esta época otra figura histórica llegó a ser asociada con el vampirismo: su nombre era Vlad Tepes Dracula, príncipe de Wallachia, un reino antiguo que ahora es parte de Rumania. Cabe mencionar que el apellido “Drácula” significa “dragón”…

Cuatro siglos más adelante, Bram Stoker escribiría la célebre novela Drácula, que durante siglos nos otorgaría el estereotipo del vampiro clásico.

Aunque nunca desapareció totalmente, el auge del vampirismo disminuyó entre los siglos XV y XVII. Sin embargo, hacia 1611, la supersticiosa tierra de Hungría vio nacer las macabras ocurrencias de la condesa Erzsebet Bathory (Elizabeth Bathory, más conocida como la "Condesa Sangrienta").

Esta aristócrata húngara fue acusada de secuestrar y torturar a numerosas jóvenes muchachas hasta su muerte con el objetivo de bañarse y de beber su sangre. Creía que, de esta manera, preservaría su juventud y su belleza.


El Vampiro Arnold Paole


UN CASO EXTRAÑO

Arnold Paole, muerto en el año 1726, era un hombre serbio que fue considerado vampiro tras su muerte. Se lo acusa de haber comenzado una epidemia de vampirismo que provocó la muerte de dieciséis habitantes de su aldea nativa.
Su caso, semejante al de Peter Plogojowitz, llegó a ser famoso debido a la implicación directa de las autoridades austriacas y de los médicos oficiales de Austria, que confirmaron la existencia de vampiros.
El informe de su caso fue difundido en Europa occidental y contribuyó a la creencia de la existencia de vampiros, incluso entre los europeos cultos.
La significación de aquel informe, hoy en día se explicaría a partir del proceso de descomposición de los cadáveres. Nuestro conocimiento del caso se basa exclusivamente en visum et repertum (visto y descubierto a través de la autopsia), documento firmado por el médico cirujano Johannes Flickinger.
El primer brote derivado del “vampirismo” de Arnold Paole provino de la aldea de Medvedja, por entonces territorio de la monarquía de los Habsburgo.
Paole había declarado, antes de morir, el haber sido atacado por un vampiro en Gossowa, pero dijo que se había curado alimentándose de la tierra que rodeaba su sepulcro y manchándose con su sangre.

TRANSFORMADO EN VAMPIRO

Cerca de 1725, Arnold Paole se rompió el cuello después de una caída. Semanas más tarde murió, e inmediatamente fallecieron otras cuatro personas después de quejarse de haber tenido contacto estrecho con Paole.
Algunos aldeanos se atrevieron a abrir su sepulcro y comprobaron que el cadáver no se había descompuesto y que la sangre fresca había fluido de sus ojos, nariz, boca, y oídos; que la camisa, la cubierta y el ataúd estaban totalmente ensangrentados; que se habían caído los viejos clavos en sus manos y pies, junto con la piel, y que el cabello había crecido.
La conclusión fue que Paole se había transformado en un vampiro. Le clavaron una estaca en el corazón y éste reaccionó gimiendo y sangrando, luego de lo cual quemaron el cuerpo.
El mismo procedimiento se cumplió con el resto de víctimas para prevenir que se convirtieran en nuevos vampiros.
El segundo “brote” de vampirismo ocurrió cinco años más tarde, en el invierno de 1731. Diecisiete personas, jóvenes y viejos, fallecieron en un lapso de tres meses, algunos de ellos en apenas 2 ó 3 días sin haber sufrido una enfermedad anterior.

UNA NUEVA EPIDEMIA

Los campesinos conjeturaron serbios que la nueva epidemia se debía nuevamente a Arnold Paole porque la primera persona en morir, una mujer de sesenta años, había comido la carne de los ganados que había criado Paole durante cinco años.
Cuando las nuevas muertes fueron divulgadas, el comando supremo de Austria envió una comisión para investigar el caso. Ésta estaba constituida por un cirujano militar, el médico Johannes Flickinger, dos oficiales, el coronel de teniente Buttener y J.H. von Lindenfels, junto con dos otros cirujanos, Isaac Siegel y Johann militares Friedrich Baumgärtner.

Acompañados de los ancianos de la aldea y de algunos gitanos locales, abrieron los sepulcros de los difuntos y descubrieron que cinco de los cadáveres se habían descompuesto, pero los doce restantes estaban intactos y exhibían los rasgos habitualmente atribuidos a los vampiros.

SOSPECHOSAS EVIDENCIAS

Sus órganos supuraban sangre fresca, las vísceras estaban en buenas condiciones, los cadáveres seguían regordetes y su piel fresca conservaba colores vivos.
Los cirujanos resumieron todos estos fenómenos indicando que los cuerpos evidenciaban “condiciones vampirescas”.
Luego de verificar el estado de los cuerpos, los gitanos cortaron las cabezas de los supuestos vampiros, las quemaron e incineraron también el resto de órganos. Los cuerpos descompuestos fueron conservados en sus sepulcros originales.
El informe tiene fecha del 26 de enero 1732 en Belgrado y lleva la firma de los cinco oficiales implicados.
La explicación científica moderna de estos hechos apela a las características que adquieren los cadáveres en ciertas etapas de la descomposición. La sangre que no se coagula es un fenómeno habitual en las primeras fases, luego de la muerte.

Peter Plogojowitz



Peter Plogojowitz murió a los 62 años en Septiembre de 1728, en la aldea de Kisilovia en el distrito de Rahm (hoy Slavia).


Tres días después de morir, llegó a su casa en el medio de la noche y le pidió algo de comer a su hijo. Su hijo le dio de comer, y el hombre se retiró. Dos noches después regresó y volvió a pedir comida, que en este caso su hijo le rechazó, apareciendo muerto al día siguiente.

Al poco tiempo varios pueblerinos se enfermaron y se sentían exhaustos. Se les diagnosticó severa pérdida de sangre. Diez vecinos habían fallecido en apenas dos semanas tras sufrir breves enfermedades de 24 hs. Nueve de los muertos juraron en su agonía que habían sido visitados por la primera víctima, Peter Plogojowitz, un campesino bien conocido en la región, su propia viuda relató que pocos días después de ser sepultado, Peter volvió a la casa una noche y exigió sus zapatos. Todos los testimonios coincidían en que el difunto "un cuerpo y una cara sin descomponer, con las uñas y barbas aún creciendo".

Los oficiales prusianos tuvieron que controlar este disturbio. La pequeña villa estaba alborotada por una racha de muertes misteriosas. Los minuciosos oficiales prusianos, labraron un acta con lo que los descontrolados campesinos decían: “Al desenterrar al sujeto Peter Plogojowitz, no se percibió ni el mínimo olor que anuncia la muerte y el cuerpo, excepto porque su nariz estaba algo caída, no mostraba decadencia alguna, la piel se había caído y por atrás crecía una nueva. No sin asombro vi sangre fresca en su boca, sin duda de sus víctimas".

El notario, acompañado de un pope ortodoxo, testificó el tratamiento que los campesinos dieron al cuerpo de Plogojowitz. "Con gran celeridad afilaron una estaca y se la pusieron en el corazón del que surgió abundante sangre fresca, así como de sus oídos y de su boca, mientras el cuerpo se sacudía y movía. Luego lo quemaron hasta reducirlo a cenizas."


jueves, 13 de agosto de 2009

Vampiros en la historia



Había una época en Egipto antiguo en donde los seres humanos entraron en una
conspiración para derrocar a los dioses. Blasphemed contra el Ra, rey de dioses y de los hombres, y los magos buscaban la manera de derrotar a los dioses, usando sus fuerzas los dioses habían dado a los hombres objetos y tierras para que prosperaran.
Ra, al oír hablar de las intenciones de los humanos, se reunió con el resto de los dioses, y ellos aconsejaron que llamara a Sekhmet, la fuerza contra la cual ninguna otra fuerza sirve, para que se manifestara en la tierra y calmara la rebelión.
Sekhmet se manifestaría y castigaría todos los que habían sostenido la rebelión contra los dioses.
Luego Sekhmet caminó entre hombres y los destruyó y bebió su sangre.
Una noche después de que Sekhmet había bebido la sangre y rasgado los cuerpos de los humanos, los dioses decidieron que la matanza había sido suficiente y que debía parar, pero los dioses no encontraban manera de parar la matanza , ya que Sekhmet había bebido toda la sangre de los revolucionarios.
Mientras que continuó la carnicería, los dioses reconocieron que Sekhmet, y su rabia por la intoxicación hacia aun peor la matanza, y sabían que no pararía hasta que la vida humana se extinguiera. Entonces Ra que había traído ciertas plantas colosales de la familia de la Solanaceae y que de ella se pueden elaborar drogas muy potentes para alterar la mente. Esa planta, y posiblemente también opio o cáñamo, fueron enviados al dios Sekti en Heliopolis.
Sekti agregó estas drogas a una mezcla de cerveza y sangre humana, llenando siete mil grandes jarros de la sustancia. Los jarros fueron llevados a un lugar donde Sekhmet pasaría y se vertió sobre la tierra, inundando los campos. Y cuando Sekhmet vino a estos campos y percibió lo que ella pensó que era sangre, ella se regocijo y bebió todo el líquido. Entonces " su corazón fue llenado de alegría, " su mente fue cambiada, y ella no pensó más en destruir .
Después de eso, Ra trató a Sekhmet como si las matanzas no lo hubieran molestado, elogiando la belleza y el encanto de la diosa
Las leyendas de vampiros se originaron de este a oeste en compañía de las caravanas a lo largo de la ruta de la seda por el Mediterráneo.
De allí se extendieron a Asia y luego a las tierras Eslavas y los Cárpatos.
Los mitos estaban originalmente más estrechamente asociados con Irán, entonces emigraron alrededor del siglo VIII, a donde están ahora. Casi en cuanto llegaron, el proceso de cristianización empezó y las leyendas de vampiros sobrevivieron como mitos.
Más tarde los Gitanos emigraron desde norte hacia el oeste de la India (donde tienen varios mitos de vampiros), ya allí sus mitos se mezclaron con los del pueblo Eslavo.
Los Gitanos llegaron a Transilvania brevemente antes de que Vlad Tepes Drácula naciera en 1431.
El vampiro aquí era el fantasma de una persona muerta, que en la mayoría de casos habían sido una bruja, mago etc.
Se tiene miedo a los vampiros, porque ellos matan personas pero al mismo tiempo se parecen a ellas. Pero hay ciertas cosas que los diferencian de un ser vivo, no puede proyectar ningún tipo de sombra ni se puede reflejar en ningún espejo. Además los vampiros pueden cambiar de forma, como por ejemplo la de un murciélago y eso lo hace sumamente difícil de capturar.
Al empezar un nuevo día los vampiros tienen que dormir en sus ataúdes por que los rayos del sol los matarían, pero por la noche despiertan sedientos de sangre.
La forma más común de nutrirse es atravesar por una ventana, en forma de murciélago y entonces morder a la víctima en el cuello y succionarle toda la sangre.
Los vampiros no pueden entrar a una casa sin ser invitados, pero en cuanto tienen el permiso, pueden entrar tan a menudo como ellos quieran.
El vampiro no es peligroso solo porque mata a las personas sino porque sus víctimas después de muertas se convierten en vampiros.
El lado mas fuerte de los vampiros es que son casi inmortales, sólo algunos ritos muy especiales poden matarlos tal como: poner una estaca en su corazón, cortar su cabeza o quemar su cuerpo.



FUENTE: http://moheweb.galeon.com/indexvampiro.html

miércoles, 8 de julio de 2009

CICATRICES * José Luis Ramírez




Tal vez una nota, pensó.
Aunque tuvo miedo que los dedos lo traicionaran y se viera obligado a que repetir mil veces la despedida, la tinta y la caligrafía repartidas en hojas y hojas que terminarían todas en el cesto de la basura, evidencia de su indecisión.
«Irte así, sin más. Es tan típico de ti, güey».
Y la navaja la dejó en la mesa y torció los labios, tomó el teléfono. Marcó.
La contestadora respondió con el tono de siempre:
“Hola. Estás hablando a casa de Mabel. Deja tu mensaje y número ya que por ahora no voy a contestar. Estoy muy ocupada para atenderte. O no estoy. O tal vez ni siquiera quiero escucharte. O es un número equivocado. O vas a colgar como todos. Como sea, di lo que tenías pensado decir... ”
La saliva y la voz atoradas en la garganta.
—Mabel. Soy yo. No sé cómo decirlo. Yo, yo ya lo he pensado y pesa bastante. Abrir los ojos, moverse; hasta respirar. No tengo por qué soportarlo ¿sabes? Es mi vida, puedo hacer con ella lo que me venga en gana. Como sea, te quiero bastante. Eres lo más cool que me haya pasado, voy a extrañarte pero, ¿qué se le va a hacer? El sitio al que voy no puede ser más malo que este.
Ruido de tonos y de mecánica.
El contador incrementando en uno el número de mensajes.
—Adiós.
Tomó la hoja de afeitar.
Tenía práctica en partirla y juntar luego el par de mitades para hacer el corte. La primera vez un rasguño pequeño en el brazo, cerca del hombro; luego la rodilla, el antebrazo. Siempre sitios ocultos por la ropa, al alcance de los labios. De su afición por la autotortura sabía sólo Mabel, también de su enfermedad.
—¿Y eso?
—Cicatrices.
Y siguió con la esponja enjuagando antes del lavaplatos.
—¿Y de qué?
La mirada atenta a la forma en cada corte.
—Nada importante.
Sonrisa incrédula. Confesión.
—Me gusta cortarme, es un vicio que tengo. Cuando estoy harto, cuando estoy deprimido, cada vez que hace falta. Tomas una navaja, la rompes y cortas. Es fácil —risa a medias; delatora, sincera—. Además, no sé bien por qué, pero me excita lamer las heridas.
—Ya.
—Va en serio, aunque igual tengo esta enfermedad, lo contrario de la hemofilia. No sangro mucho.
—¿Y lo haces de nuevo?
—Sí, bueno; es como el sexo, igual lo haces una vez y ya sólo piensas en hacerlo de nuevo.
Más risas. Nunca más hablaron de ello.
—Joder.
El corte fue una herida profunda de la muñeca hasta mitad del antebrazo.
Y aún así la hemorragia se vino en cámara lenta.
La dermis abierta, la piel blanca.
Puntos de sangre que se dibujan uno a uno hasta ser una línea punteada. Corte aquí, piensa. Y la raya se hace gruesa y se corre a un extremo. Primero un guijarro, una roca que se descuelga por la vertiente hasta ser avalancha, alud. La lengua a la espera de esa lágrima roja.
Los ojos cerrados. Sabor a sal.
Génesis.
El cuerpo rechaza todo trazo de luz. Vomita un alma que le fue dada al nacer y enfrenta a dios como su igual. Un ser superior a todas las cosas. El yo y el ego abiertos y dejados de lado como trozos de cascarón. También la ventana, la seguridad del hogar. Eso que era él ya no cabía en el orden establecido, se había gestado en entrañas propias. Y sentía hambre, lujuria. El deseo des-bocado en el corazón y la piel ardiendo.
Las estrellas cómplices de su nacimiento.
Sangre. Semen. Carne.
Los dientes recorriendo la piel y despojándola de secretos, rasgando. La saliva roja al igual que los labios. El aire y el entorno distintos. Negro. La obscuridad un ente vivo que lo embebe de sus entrañas. Lo abraza, lo besa.
Fue en la obscuridad que la halló.
Una amante vestida de luz ámbar y que olía a feromonas, a él.
El cabello rojo, el rostro todo dis-culpas.
—Sabía que lucías así.
Cazadora de piel.
La manga izquierda acomodándose hasta desnudar la muñeca. Navaja, disculpa marrón. Los labios rezando al sabor de la vena. Lactando. Haciéndose dueños de un alma que ya poseían.
Tacto que no se hartaba de acariciarlo, de beber.
La lengua siguiendo la herida en el ante-brazo, reacción de feromonas, saliva y plasma. El alma drenada a través de los dientes. Dolor. Un dolor extendido a lo largo del paladar, en la garganta.
—Ven.
Y ella se levantó.
Tomó esa pose de él con los brazos caídos. Se irguió, se mostró mujer y perfecta; opuesta a todo lo que era él. Cristo distorsionado, desnudo. El cabello largo y desalineado, negro. La actitud melancólica, mirada triste. Las heridas que de algún modo estaban en los brazos y no en el costado, las manos, los pies. Los clavos en algún lugar de su pasado. Ninguna expresión.
—Viólame.
Y las cosas sucedieron con demasiada avidez.
Movimientos rápidos y certeros. La ternura sustituida por un nombre de guerra, sangre. Los dientes bus-cando, hasta abrirse paso; la lengua, la entrega, el clímax. Las heridas de los brazos desaparecidas. Los puños cerrados.
La cabeza dando vueltas a sucesos que no debiera recordar.
—¿Fue así?
—¿Qué?
—La primera vez.
Los ojos huyendo de la interrogante a ningún lado.
—Eso no importa.
—Claro que importa. Te marcó, aún te cuesta tomar lo que es tuyo.
—¿Eres mía?
Mirada depredadora; hurgando en los ojos, buscando más allá. Interpretando cosas a partir del aroma, de los gestos, la expresión en el rostro.
—Sabes a qué me refiero.
—La maté. ¿Qué importancia puede tener cómo?
Los ojos delineados de un llanto que no se atreve a arrojarse.
Negros como sangre en la ausencia de luz.
—Háblame de nosotros.
—¿De nosotros? Qué se puede decir, sabes los rumores. Somos distintos.
Y el siseo de las palabras hizo que el silencio sonara a melancolía.
—¿Inmortales?
—No. Aunque nunca supe de uno que muriera de viejo. Somos longevos. Creces, sólo que llega un mo-mento en el que ya no tanto como los otros. Somos ácratas, amorales, egocéntricos. In-mortales no. Hay for-mas de morir. Es sólo que nadie las sabe.
Rezos, veladoras, olor a incienso.
La arquitectura de catedral re-saltó aún más la falta de expresión, la apatía.
—¿A qué me trajiste?
Las palabras hicieron eco en el techo de bóveda.
—Mira.
La crucifixión de cristo. Espejo de aire.
El cabello negro y atorado en las espinas, empapado en sudor y sangre tibia. La mirada en catarsis, perdida en algún lugar entre cielo y suelo. Padre, ¿por qué me has abandonado? Y los demonios cagándose de la risa. Mirándolo con desdén.
—Oh. Creíste que me enamoraba. Que había un final en el que vivíamos felices. Tú y yo juntos para siempre. ¡Para toda la eternidad!
Sarcasmo. Risotada.
Las pupilas dilatadas hasta serlo todo.
Los santos arrojados de sus altares por el despecho. San Judas Tadeo vuelto añicos y lo mismo el sagrado corazón, el cristo del crucifijo. Yeso. Ruido y polvo que se corren. Aversión.
—¡Perra!
Los dedos alrededor de su cuello.
Los pulgares en la garganta y los otros contra la nuca, las falanges a un punto de hundirse, listas a castigar. La cabeza echada hacia atrás y la carcajada valiéndose de la garganta como una caja de resonancia, el eco no hace sino amplificar el efecto.
Cínica. Ella es la misma que ha sido siempre.
No le importa si las uñas se entierran inmediatas al estímulo de adrenalina.
La piel deshecha. La sangre un manantial escurriéndole tibio.
Risa.
—Mercí, mon amour. ¡Mercí! —los de-dos llevándolo hasta el cuello, obligándolo a beber de esa última ofrenda—. Allez, boire moi. ¡Boire moi!
La carcajada aún menos sórdida que el eco.
La sangre y la piel vueltas polvo en sabor y textura.
La figura desmoronándose; dejando ropa, ceniza y cabellos en vez de la amante. El suelo un cementerio de polvo y tela. La ciudad el laberinto que ha sido siempre. ¿Qué otro refugio sino ese al que perteneces?
—Mabel
Los nudillos en la puerta por tres veces. El dolor a bocajarro.
—¡Mabel!
Una línea de luz se dibuja bajo el umbral.
Las piernas desnudas, playera.
—¿Uriel? —los labios temblando—. Creí que... Te creía muerto.
La risa nerviosa. Las manos reconociendo su rostro, los ojos escurridos como la cera.
Ansia.
Los dedos enredados como una promesa.
—Es peor.
El abrazo deshecho.
Las manos en los bolsillos y la espalda en el muro.
—¿Qué dices?, ¿Qué hay peor a estar muerto?
La mirada es de culpa, melancolía.
—La maté, Mabel. ¡La maté!
Llanto en seco. El rostro descompuesto, los ojos entrecerrados.
La boca y la garganta abiertas.
Ningún sonido.
La mirada encerrada en la tensión de los dedos.
La ausencia de líneas, de un destino al cual aferrarse.
Risotada.
La diestra vuelve armada del bolso.
La hoja de la navaja bella, resplandeciente.
La punta yendo de lado a lado en la palma.
La herida estéril, incapaz de dar a luz un hilo violáceo.
Los dedos abiertos, el movimiento lo bastante para cambiar el pulgar de la hoja a las cachas. El brazo en alto. La diestra dispuesta a hundirse de lleno en la otra. Destellos de cromo. Dedos largos y delgados, un beso. La caricia lo bastante para desarmarlo.
—Ven.
Y una vez dentro, el mundo es distinto.
Gotas de sangre.
La navaja lamiendo la curva del pecho, violando en una línea minúscula del pliegue, gemido, risas.
Una gota de miel roja ofrecida como consuelo.
Metamorfosis.
Perla, lágrima, manantial.
El amante pasivo se la quita de encima y la pone de bruces.
Transmutación.
La penetra tres, cuatro veces; cada una con más fuerza.
Y ella sólo se tensa.
Espalda perfecta.
Uñas y dientes que no saben sino ir y hacerse de una referencia en la almohada. La energía se concentra toda en un punto de la garganta. Orgasmo. El recuerdo de la sangre que se queda en la sábana.
—¿Cómo supiste?
—¿Saber qué?
—Que eras uno.
—Me suicidé, ¿lo recuerdas? —mueca, una expresión de dolor que no había tenido—. Me corté las venas... Esperé horas y no ocurrió nada. Salté por la ventana, huí de casa. Estaba harto, harto de todo. Viviendo por inercia, a la deriva. Marcando una raya en la piel por cada día que pasaba... Y nunca había cicatrices. No importaba cuan profunda fuera la herida ni cuántas veces rasgara en el mismo sitio, todas desaparecían.
—¿Y lo supiste?
—No. Sabía que era distinto, pero no supe qué sino aquel día. Ella estaba sentada en las escaleras. Abrazada a sus piernas con un vestido que le llegaba a los tobillos. Miraba las estrellas. El cuello largo y tendido como si quisiera alcanzar-las. Y la violé. Des-trocé su garganta.
Todavía me re-cuerdo bebiendo la sangre en su boca, mordiendo sus labios, haciendo el amor con un cuerpo muerto que sabía a pan. —los recuerdos dando vueltas en su cabeza—. Se parecía a ti —la piel blanca. Las venas de la yugular hinchadas, llenas de ambrosía. La magia del momento rota por cuestiones de instinto. Una poca sensualidad, la más que se puede cuando se arrebatan las almas—. Una niña. Cuerpo perfecto, alma perfecta... —la recorrió en la herida con el índice—. Cicatrices.
La besó.
Un beso de despedida.
Veinte años.
Mabel lo vio una calle antes y una calle después de pasar a su lado, mirando por la ventana del autobús como hacía siempre que era mejor no pensar y sorprendida de encontrarlo ahí, recargado en un árbol y luciendo exactamente como en la fotografía de su bolso. Delgado, rostro adolescente; vestido de cazadora y jeans negros a pesar del calor. Gafas ovales.
Le pareció tan de sueño. Una aparición.
Como si dios mismo estuviera a mitad de la urbe.
—Bajan, ¡bajan por favor!
La compostura perdida porque nadie que busque un sueño la guarda. Se dio a la carrera, portafolios y gabardina acomodándose a cada paso al igual que los senos.
—No está.
Permanecen el árbol y el bulevar, la sensación de pérdida que era la misma desde aquel mensaje en la contestadora, las cicatrices del pecho y el antebrazo, la humedad. El deseo de que esto no fuera un sueño. De que ésta vez, al menos ésta, lo pudiera abrazar.


miércoles, 6 de mayo de 2009

Ligeia . Edgar Allan Poe


Ligeia.
Edgar Allan Poe, 1838.

Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo, ni siquiera dónde conocí a Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados.

No obstante, creo haberla conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que, por su índole, pueden como ninguno amortiguar las impresiones del mundo exterior, sólo por esta dulce palabra, Ligeia, acude a los ojos de mi fantasía la imagen de aquella que ya no existe.

Y ahora, mientras escribo, me asalta como un rayo el recuerdo de que nunca supe el apellido de quien fuera mi amiga y prometida, luego compañera de estudios y, por último, la esposa de mi corazón. ¿Fue por una amable orden de parte de mi Ligeia o para poner a prueba la fuerza de mi afecto, que me estaba vedado indagar sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una loca y romántica ofrenda en el altar de la devoción más apasionada?

Sólo recuerdo confusamente el hecho. ¿Es de extrañarse que haya olvidado por completo las circunstancias que lo originaron y lo acompañaron? Y en verdad, si alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, si alguna vez la pálida Ashtophet del Egipto idólatra, con sus alas tenebrosas, han presidido, como dicen, los matrimonios fatídicos, seguramente presidieron el mío.

Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce, profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro.

Ninguna mujer igualó la belleza de su rostro. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en las almas adormecidas de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no tenían esa regularidad que falsamente nos han enseñado a adorar en las obras clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita -dice Bacon, Verulam, refiriéndose con justeza a todas las formas y géneros de la hermosura- sin algo de extraño en las proporciones." No obstante, aunque yo veía que las facciones de Ligeia no eran de una regularidad clásica, aunque sentía que su hermosura era, en verdad, "exquisita" y percibía mucho de "extraño" en ella, en vano intenté descubrir la irregularidad y rastrear el origen de mi percepción de lo "extraño". Examiné el contorno de su frente alta, pálida: era impecable -¡qué fría en verdad esta palabra aplicada a una majestad tan divina!- por la piel, que rivalizaba con el marfil más puro, por la imponente amplitud y la calma, la noble prominencia de las regiones superciliares; y luego los cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda la fuerza del epíteto homérico: "cabellera de jacinto".

Miraba el delicado diseño de la nariz y sólo en los graciosos medallones de los hebreos he visto una perfección semejante. Tenía la misma superficie plena y suave, la misma tendencia casi imperceptible a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente curvas, que revelaban un espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Allí estaba en verdad el triunfo de todas las cosas celestiales: la magnífica sinuosidad del breve labio superior, la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos juguetones y el color expresivo; los dientes, que reflejaban con un brillo casi sorprendente los rayos de la luz bendita que caían sobre ellos en la más serena y plácida y, sin embargo, radiante, triunfal de todas las sonrisas.

Analizaba la forma del mentón y también aquí encontraba la noble amplitud, la suavidad y la majestad, la plenitud y la espiritualidad de los griegos, el contorno que el dios Apolo reveló tan sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y entonces me asomaba a los grandes ojos de Ligeia.

Para los ojos no tenemos modelos en la remota antigüedad. Quizá fuera, también, que en los de mi amada yacía el secreto al cual alude Verulam. Eran, creo, más grandes que los ojos comunes de nuestra raza, más que los de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Pero sólo por instantes -en los momentos de intensa excitación- se hacía más notable esta peculiaridad de Ligeia. Y en tales ocasiones su belleza -quizá la veía así mi imaginación ferviente- era la de los seres que están por encima o fuera de la tierra, la belleza de la fabulosa hurí de los turcos. Los ojos eran del negro más brillante, velados por oscuras y largas pestañas. Las cejas, de diseño levemente irregular, eran del mismo color. Sin embargo, lo "extraño" que encontraba en sus ojos era independiente de su forma, del color, del brillo, y debía atribuirse, al cabo, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido tras cuya vasta latitud de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual!

La expresión de los ojos de Ligeia... ¡Cuántas horas medité sobre ella! ¡Cuántas noches de verano luché por escrutarla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me poseía la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Llegaron a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y yo era para ellas el más fervoroso de los astrólogos.

No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica, punto más atrayente, más excitante que el hecho -nunca, creo, mencionado por las escuelas- de que en nuestros intentos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, con frecuencia llegamos a encontrarnos al borde mismo del recuerdo, sin poder, al fin, asirlo. Y así cuántas veces, en mi intenso examen de los ojos de Ligeia, sentí que me acercaba al conocimiento cabal de su expresión, me acercaba, aún no era mío, y al fin desaparecía por completo. Y (¡extraño, ah, el más extraño de los misterios!) encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de Ligeia penetró en mi espíritu, donde moraba como en un altar, yo extraía de muchos objetos del mundo material un sentimiento semejante al que provocaban, dentro de mí, sus grandes y luminosas pupilas.

Pero no por ello puedo definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera percibirlo con calma. Lo he reconocido a veces, repito, en una viña, que crecía rápidamente, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de un veloz curso de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en la mirada de gentes muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una, de sexta magnitud, doble y cambiante, que puede verse cerca de la gran estrella de Lira) que, miradas con el telescopio, me han inspirado el mismo sentimiento.

Me ha colmado al escuchar ciertos sones de instrumentos de cuerda, y no pocas veces al leer pasajes de determinados libros. Entre innumerables ejemplos, recuerdo bien algo de un volumen de Joseph Glanvill que (quizá simplemente por lo insólito, ¿quién sabe?) nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: "Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".

Los años transcurridos y las reflexiones consiguientes me han permitido rastrear cierta remota conexión entre este pasaje del moralista inglés y un aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de pensamiento, de acción, de palabra, era posiblemente en ella un resultado, o por lo menos un índice, de esa gigantesca voluntad que durante nuestras largas relaciones no dejó de dar otras pruebas más numerosas y evidentes de su existencia. De todas las mujeres que jamás he conocido, la exteriormente tranquila, la siempre plácida Ligeia, era presa con más violencia que nadie de los tumultuosos buitres de la dura pasión. Y no podía yo medir esa pasión como no fuese por el milagroso dilatarse de los ojos que me deleitaban y aterraban al mismo tiempo, por la melodía casi mágica, la modulación, la claridad y la placidez de su voz tan profunda, y por la salvaje energía (doblemente efectiva por contraste con su manera de pronunciarlas) con que profería habitualmente sus extrañas palabras.

He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, como nunca lo hallé en una mujer. Su conocimiento de las lenguas clásicas era profundo, y, en la medida de mis nociones sobre los modernos dialectos de Europa, nunca la descubrí en falta. A decir verdad, en cualquier tema de la alabada erudición académica, admirada simplemente por abstrusa, ¿descubrí alguna vez a Ligeia en falta? ¡De qué modo singular y penetrante este punto de la naturaleza de mi esposa atrajo, tan sólo en el último periodo, mi atención!

Dije que sus conocimientos eran tales que jamás los hallé en otra mujer, pero, ¿dónde está el hombre que ha cruzado, y con éxito, toda la amplia extensión de las ciencias morales, físicas y metafísicas? No vi entonces lo que ahora advierto claramente: que las adquisiciones de Ligeia eran gigantescas, eran asombrosas; sin embargo, tenía suficiente conciencia de su infinita superioridad para someterme con infantil confianza a su guía en el caótico mundo de la investigación metafísica, a la cual me entregué activamente durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué amplio sentimiento de triunfo, con qué vivo deleite, con qué etérea esperanza sentía yo -cuando ella se entregaba conmigo a estudios poco frecuentes, poco conocidos- esa deliciosa perspectiva que se agrandaba en lenta gradación ante mí, por cuya larga y magnífica senda no hollada podía al fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado premiosa, demasiado divina para no ser prohibida!

¡Así, con qué punzante dolor habré visto, después de algunos años, emprender vuelo a mis bien fundadas esperanzas y desaparecer! Sin Ligeia era yo un niño a tientas en la oscuridad. Sólo su presencia, sus lecturas, podían arrojar vívida luz sobre los muchos misterios del trascendentalismo en los cuales vivíamos inmersos. Privadas del radiante brillo de sus ojos, esas páginas, leves y doradas, tornáronse más opacas que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaron cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que yo escrutaba. Ligeia cayó enferma. Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado, demasiado magnífico; los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba y las venas azules de su alta frente latieron impetuosamente en las alternativas de la más ligera emoción. Vi que iba a morir y luché desesperadamente en espíritu con el torvo Azrael.

Y las luchas de la apasionada esposa eran, para mi asombro, aún más enérgicas que las mías. Muchos rasgos de su adusto carácter me habían convencido de que para ella la muerte llegaría sin sus terrores; pero no fue así. Las palabras son impotentes para dar una idea de la fiera resistencia que opuso a la Sombra. Gemí de angustia ante el lamentable espectáculo. Yo hubiera querido calmar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su salvaje deseo de vivir, vivir, sólo vivir, el consuelo y la razón eran el colmo de la locura. Sin embargo, hasta el último momento, en las convulsiones más violentas de su espíritu indómito, no se conmovió la placidez exterior de su actitud. Su voz se tornó más suave; más profunda, pero yo no quería demorarme en el extraño significado de las palabras pronunciadas con calma. Mi mente vacilaba al escuchar fascinada una melodía sobrehumana, conjeturas y aspiraciones que la humanidad no había conocido hasta entonces.

De su amor no podía dudar, y me era fácil comprender que, en un pecho como el suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte medí toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, desplegaba ante mí los excesos de un corazón cuya devoción más que apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo había merecido yo la bendición de semejantes confesiones? ¿Cómo había merecido la condena de que mi amada me fuese arrebatada en el momento en que me las hacía? Pero no puedo soportar el extenderme sobre este punto. Sólo diré que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, ay, inmerecido, otorgado sin ser yo digno, reconocí el principio de su ansioso, de su ardiente deseo de vida, esa vida que huía ahora tan velozmente. Soy incapaz de describir, no tengo palabras para expresar esa ansia salvaje, esa anhelante vehemencia de vivir, sólo vivir.

La medianoche en que murió me llamó perentoriamente a su lado, pidiéndome que repitiera ciertos versos que había compuesto pocos días antes. La obedecí. Helos aquí:

¡Vedla! ¡Es noche de gala
en los últimos años solitarios!
La multitud de ángeles alados,
con sus velos, en lágrimas bañados,
son público de un teatro que contempla
un drama de esperanzas y temores,
mientras toca la orquesta, indefinida,
la música sin fin de las esferas.

Imágenes del Dios que está en lo alto,
allí los mimos gruñen y mascullan,
corren aquí y allá; y los apremian
vastas cosas informes
que el escenario alteran de continuo,
vertiendo de sus alas desplegadas,
un invisible, largo Sufrimiento.

¡Este múltiple drama ya jamás,
jamás será olvidado!
Con su Fantasma siempre perseguido
por una multitud que no lo alcanza,
en un círculo siempre de retorno
al lugar primitivo,
y mucho de Locura, y más Pecado,
y más Horror -el alma de la intriga.

¡Ah, ved: entre los mimos en tumulto
una forma reptante se insinúa!
¡Roja como la sangre se retuerce
en la escena desnuda!
¡Se retuerce y retuerce! Y en tormentos
los mimos son su presa,
y sus fauces destilan sangre humana,
y los ángeles lloran.

¡Apáganse las luces, todas, todas!
Y sobre cada forma estremecida
cae el telón, cortina funeraria,
con fragor de tormenta.
Y los ángeles pálidos y exangües,
ya de pie, ya sin velos, manifiestan
que el drama es el del "Hombre", y que es su héroe
el Vencedor Gusano.

-¡Oh, Dios! -gritó casi Ligeia, incorporándose de un salto y tendiendo sus brazos al cielo con un movimiento espasmódico, al terminar yo estos versos. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre Celestial! ¿Estas cosas ocurrirán irremisiblemente? ¿El Vencedor no será alguna vez vencido? ¿No somos una parte, una parcela de Ti? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.

Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer los blancos brazos y volvió solemnemente a su lecho de muerte. Y mientras lanzaba los últimos suspiros, mezclado con ellos brotó un suave murmullo de sus labios. Acerqué mi oído y distinguí de nuevo las palabras finales del pasaje de Glanvill: "El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".

Murió; y yo, deshecho, pulverizado por el dolor, no pude soportar más la solitaria desolación de mi morada, y la sombría y ruinosa ciudad a orillas del Rin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Ligeia me había legado más, mucho más, de lo que por lo común cae en suerte a los mortales.

Entonces, después de unos meses de vagabundeo tedioso, sin rumbo, adquirí y reparé en parte una abadía cuyo nombre no diré, en una de las más incultas y menos frecuentadas regiones de la hermosa Inglaterra. La sombría y triste vastedad del edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos recuerdos melancólicos y venerables vinculados con ambos, tenían mucho en común con los sentimientos de abandono total que me habían conducido a esa remota y huraña región del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, ruinoso, invadido de musgo, sufrió pocos cambios, me dediqué con infantil perversidad, y quizá con la débil esperanza de aliviar mis penas, a desplegar en su interior magnificencias más que reales.

Siempre, aun en la infancia, había sentido gusto por esas extravagancias, y entonces volvieron como una compensación del dolor. ¡Ay, ahora sé cuánto de incipiente locura podía descubrirse en los suntuosos y fantásticos tapices, en las solemnes esculturas de Egipto, en las extrañas cornisas, en los moblajes, en los vesánicos diseños de las alfombras de oro recamado! Me había convertido en un esclavo preso en las redes del opio, y mis trabajos y mis planes cobraron el color de mis sueños. Pero no me detendré en el detalle de estos absurdos. Hablaré tan sólo de ese aposento por siempre maldito, donde en un momento de enajenación conduje al altar -como sucesora de la inolvidable Ligeia- a Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules.

No hay una sola partícula de la arquitectura y la decoración de aquella cámara nupcial que no se presente ahora ante mis ojos. ¿Dónde tenía el corazón la altiva familia de la novia para permitir, movida por su sed de oro, que una doncella, una hija tan querida, pasara el umbral de un aposento tan adornado? He dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la cámara -yo, que tristemente olvido cosas de profunda importancia- y, sin embargo, no había orden, no había armonía en aquel lujo fantástico, que se impusieran a mi memoria. La habitación estaba en una alta torrecilla de la abadía fortificada, era de forma pentagonal y de vastas dimensiones. Ocupaba todo el lado sur del pentágono la única ventana, un inmenso cristal de Venecia de una sola pieza y de matiz plomizo, de suerte que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, caían con brillo horrible sobre los objetos.

En lo alto de la inmensa ventana se extendía el enrejado de una añosa vid que trepaba por los macizos muros de la torre. El techo, de sombrío roble, era altísimo, abovedado y decorosamente decorado con los motivos más extraños, más grotescos, de un estilo semi-gótico, semi-druídico. Del centro mismo de esa melancólica bóveda colgaba, de una sola cadena de oro de largos eslabones, un inmenso incensario del mismo metal, en estilo sarraceno, con múltiples perforaciones dispuestas de tal manera que a través de ellas, como dotadas de la vitalidad de una serpiente, veíanse las contorsiones continuas de llamas multicolores.

Había algunas otomanas y candelabros de oro de forma oriental, y también el lecho, el lecho nupcial, de modelo indio, bajo, esculpido en ébano macizo, con baldaquino como una colgadura fúnebre. En cada uno de los ángulos del aposento había un gigantesco sarcófago de granito negro proveniente de las tumbas reales erigidas frente a Luxor, con sus antiguas tapas cubiertas de inmemoriales relieves. Pero en las colgaduras del aposento se hallaba, ay, la fantasía más importante. Los elevados muros, de gigantesca altura -al punto de ser desproporcionados-, estaban cubiertos de arriba abajo, en vastos pliegues, por una pesada y espesa tapicería, tapicería de un material semejante al de la alfombra del piso, la cubierta de las otomanas y el lecho de ébano, del baldaquino y de las suntuosas volutas de los cortinajes que velaban parcialmente la ventana.

Este material era el más rico tejido de oro, cubierto íntegramente, con intervalos irregulares, por arabescos en realce, de un pie de diámetro, de un negro azabache. Pero estas figuras sólo participaban de la condición de arabescos cuando se las miraba desde un determinado ángulo. Por un procedimiento hoy común, que puede en verdad rastrearse en períodos muy remotos de la antigüedad, cambiaban de aspecto. Para el que entraba en la habitación tenían la apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse, esta apariencia desaparecía gradualmente y, paso a paso, a medida que el visitante cambiaba de posición en el recinto, se veía rodeado por una infinita serie de formas horribles pertenecientes a la superstición de los normandos o nacidas en los sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico era grandemente intensificado por la introducción artificial de una fuerte y continua corriente de aire detrás de los tapices, la cual daba una horrenda e inquietante animación al conjunto.

Entre esos muros, en esa cámara nupcial, pasé con Rowena de Tremaine las impías horas del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé sin demasiada inquietud. Que mi esposa temiera la índole hosca de mi carácter, que me huyera y me amara muy poco, no podía yo pasarlo por alto; pero me causaba más placer que otra cosa. Mi memoria volaba (¡ah, con qué intensa nostalgia!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada. Me embriagaba con los recuerdos de su pureza, de su sabiduría, de su naturaleza elevada, etérea, de su amor apasionado, idólatra. Ahora mi espíritu ardía plena y libremente, con más intensidad que el suyo. En la excitación de mis sueños de opio (pues me hallaba habitualmente aherrojado por los grilletes de la droga) gritaba su nombre en el silencio de la noche, o durante el día, en los sombreados retiros de los valles, como si con esa salvaje vehemencia, con la solemne pasión, con el fuego devorador de mi deseo por la desaparecida, pudiera restituirla a la senda que había abandonado -ah, ¿era posible que fuese para siempre?- en la tierra.

Al comenzar el segundo mes de nuestro matrimonio, Rowena cayó súbitamente enferma y se repuso lentamente. La fiebre que la consumía perturbaba sus noches, y en su inquieto sueño hablaba de sonidos, de movimientos que se producían en la cámara de la torre, cuyo origen atribuí a los extravíos de su imaginación o quizá a la fantasmagórica influencia de la cámara misma.

Llegó, al fin, la convalecencia y, por último, el restablecimiento total. Sin embargo, había transcurrido un breve periodo cuando un segundo trastorno más violento la arrojó a su lecho de dolor; y de este ataque, su constitución, que siempre fuera débil, nunca se repuso del todo. Su mal, desde entonces, tuvo un carácter alarmante y una recurrencia que lo era aún más, y desafiaba el conocimiento y los grandes esfuerzos de los médicos. Con la intensificación de su mal crónico -el cual parecía haber invadido de tal modo su constitución que era imposible desarraigarlo por medios humanos-, no pude menos de observar un aumento similar en su irritabilidad nerviosa y en su excitabilidad para el miedo motivado por causas triviales. De nuevo hablaba, y ahora con más frecuencia e insistencia, de los sonidos, de los leves sonidos y de los movimientos insólitos en las colgaduras, a los cuales aludiera en un comienzo.

Una noche, próximo el fin de septiembre, impuso a mi atención este penoso tema con más insistencia que de costumbre. Acababa de despertar de un sueño inquieto, y yo había estado observando, con un sentimiento en parte de ansiedad, en parte de vago terror, los gestos de su semblante descarnado. Me senté junto a su lecho de ébano, en una de las otomanas de la India. Se incorporó a medias y habló, con un susurro ansioso, bajo, de los sonidos que estaba oyendo y yo no podía oír, de los movimientos que estaba viendo y yo no podía percibir.

El viento corría velozmente detrás de los tapices y quise mostrarle (cosa en la cual, debo decirlo, no creía yo del todo) que aquellos suspiros casi inarticulados y aquellas levísimas variaciones de las figuras de la pared eran tan sólo los naturales efectos de la habitual corriente de aire. Pero la palidez mortal que se extendió por su rostro me probó que mis esfuerzos por tranquilizarla serían infructuosos. Pareció desvanecerse y no había criados a quien recurrir. Recordé el lugar donde había un frasco de vino ligero que le habían prescrito los médicos, y crucé presuroso el aposento en su busca. Pero, al llegar bajo la luz del incensario, dos circunstancias de índole sorprendente llamaron mi atención. Sentí que un objeto palpable, aunque invisible, rozaba levemente mi persona, y vi que en la alfombra dorada, en el centro mismo del rico resplandor que arrojaba el incensario, había una sombra, una sombra leve, indefinida, de aspecto angélico, como cabe imaginar la sombra de una sombra.

Pero yo estaba perturbado por la excitación de una inmoderada dosis de opio; poco caso hice a estas cosas y no las mencioné a Rowena. Encontré el vino, crucé nuevamente la cámara y llené un vaso, que llevé a los labios de la desvanecida. Ya se había recobrado un tanto, sin embargo, y tomó el vaso en sus manos, mientras yo me dejaba caer en la otomana que tenía cerca, con los ojos fijos en su persona. Fue entonces cuando percibí claramente un paso suave en la alfombra, cerca del lecho, y un segundo después, mientras Rowena alzaba la copa de vino hasta sus labios, vi o quizá soñé que veía caer dentro del vaso, como surgida de un invisible surtidor en la atmósfera del aposento, tres o cuatro grandes gotas de fluido brillante, del color del rubí.

Si yo lo vi, no ocurrió lo mismo con Rowena. Bebió el vino sin vacilar y me abstuve de hablarle de una circunstancia que, según pensé, debía considerarse como sugestión de una imaginación excitada, cuya actividad mórbida aumentaban el terror de mi mujer, el opio y la hora.

Sin embargo, no pude dejar de percibir que, inmediatamente después de la caída de las gotas color rubí, se producía una rápida agravación en el mal de mi esposa, de suerte que la tercera noche las manos de sus doncellas la prepararon para la tumba, y la cuarta la pasé solo, con su cuerpo amortajado, en aquella fantástica cámara que la recibiera recién casada. Extrañas visiones engendradas por el opio revoloteaban como sombras delante de mí. Observé con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las cambiantes figuras de los tapices, las contorsiones de las llamas multicolores en el incensario suspendido. Mis ojos cayeron entonces, mientras trataba de recordar las circunstancias de una noche anterior, en el lugar donde, bajo el resplandor del incensario, había visto las débiles huellas de la sombra. Pero ya no estaba allí, y, respirando con más libertad, volví la mirada a la pálida y rígida figura tendida en el lecho.

Entonces me asaltaron mil recuerdos de Ligeia, y cayó sobre mi corazón, con la turbulenta violencia de una marea, todo el indecible dolor con que había mirado su cuerpo amortajado. La noche avanzaba, y con el pecho lleno de amargos pensamientos, cuyo objeto era mi único, mi supremo amor, permanecí contemplando el cuerpo de Rowena.

Quizá fuera media noche, tal vez más temprano o más tarde, pues no tenía conciencia del tiempo, cuando un sollozo sofocado, suave, pero muy claro, me sacó bruscamente de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de muerte. Presté atención en una agonía de terror supersticioso, pero el sonido no se repitió. Esforcé la vista para descubrir algún movimiento del cadáver, mas no advertí nada. Sin embargo, no podía haberme equivocado. Había oído el ruido, aunque débil, y mi espíritu estaba despierto.

Mantuve con decisión, con perseverancia, la atención clavada en el cuerpo. Transcurrieron algunos minutos sin que ninguna circunstancia arrojara luz sobre el misterio. Por fin, fue evidente que un color ligero, muy débil y apenas perceptible se difundía bajo las mejillas y a lo largo de las hundidas venas de los párpados. Con una especie de horror, de espanto indecibles, que no tiene en el lenguaje humano expresión suficientemente enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que mis miembros se ponían rígidos.

Sin embargo, el sentimiento del deber me devolvió la presencia de ánimo. Ya no podía dudar de que nos habíamos apresurado en los preparativos, de que Rowena aún vivía. Era necesario hacer algo inmediatamente; pero la torre estaba muy apartada de las dependencias de la servidumbre, no había nadie cerca, yo no tenía modo de llamar en mi ayuda sin abandonar la habitación unos minutos, y no podía aventurarme a salir. Luché solo, pues, en mi intento de volver a la vida el espíritu aún vacilante. Pero, al cabo de un breve periodo, fue evidente la recaída; el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente apretados y contraídos en la espectral expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos cubrieron rápidamente la superficie del cuerpo, y la habitual rigidez cadavérica sobrevino de inmediato. Volví a desplomarme con un estremecimiento en el diván de donde me levantara tan bruscamente y de nuevo me entregué a mis apasionadas visiones de Ligeia.

Así transcurrió una hora cuando (¿era posible?) advertí por segunda vez un vago sonido procedente de la región del lecho. Presté atención en el colmo del horror. El sonido se repitió: era un suspiro. Precipitándome hacia el cadáver, vi -claramente- temblar los labios. Un minuto después se entreabrían, descubriendo una brillante línea de dientes nacarados. La estupefacción luchaba ahora en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces reinara solo.

Sentí que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y sólo por un violento esfuerzo logré al fin cobrar ánimos para ponerme a la tarea que mi deber me señalaba una vez más. Había ahora cierto color en la frente, en las mejillas y en la garganta; un calor perceptible invadía todo el cuerpo; hasta se sentía latir levemente el corazón. Mi esposa vivía, y con redoblado ardor me entregué a la tarea de resucitarla. Froté y friccioné las sienes y las manos, y utilicé todos los expedientes que la experiencia y no pocas lecturas médicas me aconsejaban. Pero en vano. De pronto, el color huyó, las pulsaciones cesaron, los labios recobraron la expresión de la muerte y, un instante después, el cuerpo todo adquiría el frío de hielo, el color lívido, la intensa rigidez, el aspecto consumido y todas las horrendas características de quien ha sido, por muchos días, habitante de la tumba.

Y de nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo (¿y quién ha de sorprenderse de que me estremezca al escribirlo?), de nuevo llegó a mis oídos un sollozo ahogado que venía de la zona del lecho de ébano. Mas, ¿a qué detallar el inenarrable horror de aquella noche? ¿A qué detenerme a relatar cómo, hasta acercarse el momento del alba gris, se repitió este horrible drama de resurrección; cómo cada espantosa recaída terminaba en una muerte más rígida y aparentemente más irremediable; cómo cada agonía cobraba el aspecto de una lucha con algún enemigo invisible, y cómo cada lucha era sucedida por no sé qué extraño cambio en el aspecto del cuerpo? Permitidme que me apresure a concluir.

La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes, aunque despertase de una disolución más horrenda y más irreparable. Yo había cesado hacía rato de luchar o de moverme, y permanecía rígido, sentado en la otomana, presa indefensa de un torbellino de violentas emociones, de todas las cuales el pavor era quizá la menos terrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se movía, y ahora con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con inusitada energía el semblante, los miembros se relajaron y, de no ser por los párpados aún apretados y por las vendas y paños que daban un aspecto sepulcral a la figura, podía haber soñado que Rowena había sacudido por completo las cadenas de la muerte.

Pero si entonces no acepté del todo esta idea, por lo menos pude salir de dudas cuando, levantándose del lecho, a tientas, con débiles pasos, con los ojos cerrados y la manera peculiar de quien se ha extraviado en un sueño, aquel ser amortajado avanzó osada y palpablemente, hasta el centro del aposento.

No temblé, no me moví, pues una multitud de ideas inexpresables vinculadas con el aire, la estatura, el porte de la figura cruzaron velozmente por mi cerebro, paralizándome, convirtiéndome en fría piedra. No me moví, pero contemplé la aparición. Reinaba un loco desorden en mis pensamientos, un tumulto incontenible. ¿Podía ser, realmente, Rowena viva la figura que tenía delante? ¿Podía ser realmente Rowena, Rowena Trevanion de Tremaine, la de los cabellos rubios y los ojos azules? ¿Por qué, por qué lo dudaba?

El vendaje ceñía la boca, pero ¿podía no ser la boca de Rowena de Tremaine? Y las mejillas -con rosas como en la plenitud de su vida-, sí podían ser en verdad las hermosas mejillas de la viviente señora de Tremaine. Y el mentón, con sus hoyuelos, como cuando estaba sana, ¿podía no ser el suyo? Pero entonces, ¿había crecido ella durante su enfermedad? ¿Qué inenarrable locura me invadió al pensarlo? De un salto llegué a sus pies. Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de la cabeza, sueltas, las horribles vendas que la envolvían, y entonces, en la atmósfera sacudida del aposento, se desplomó una enorme masa de cabellos desordenados: ¡eran más negros que las alas de cuervo de la medianoche! Y lentamente se abrieron los ojos de la figura que estaba ante mí.

"¡En esto, por lo menos -grité-, nunca, nunca podré equivocarme! ¡Éstos son los grandes ojos, los ojos negros, los extraños ojos de mi perdido amor, los de... los de... LIGEIA!"