miércoles, 6 de mayo de 2009

Ligeia . Edgar Allan Poe


Ligeia.
Edgar Allan Poe, 1838.

Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo, ni siquiera dónde conocí a Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados.

No obstante, creo haberla conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que, por su índole, pueden como ninguno amortiguar las impresiones del mundo exterior, sólo por esta dulce palabra, Ligeia, acude a los ojos de mi fantasía la imagen de aquella que ya no existe.

Y ahora, mientras escribo, me asalta como un rayo el recuerdo de que nunca supe el apellido de quien fuera mi amiga y prometida, luego compañera de estudios y, por último, la esposa de mi corazón. ¿Fue por una amable orden de parte de mi Ligeia o para poner a prueba la fuerza de mi afecto, que me estaba vedado indagar sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una loca y romántica ofrenda en el altar de la devoción más apasionada?

Sólo recuerdo confusamente el hecho. ¿Es de extrañarse que haya olvidado por completo las circunstancias que lo originaron y lo acompañaron? Y en verdad, si alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, si alguna vez la pálida Ashtophet del Egipto idólatra, con sus alas tenebrosas, han presidido, como dicen, los matrimonios fatídicos, seguramente presidieron el mío.

Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce, profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro.

Ninguna mujer igualó la belleza de su rostro. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en las almas adormecidas de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no tenían esa regularidad que falsamente nos han enseñado a adorar en las obras clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita -dice Bacon, Verulam, refiriéndose con justeza a todas las formas y géneros de la hermosura- sin algo de extraño en las proporciones." No obstante, aunque yo veía que las facciones de Ligeia no eran de una regularidad clásica, aunque sentía que su hermosura era, en verdad, "exquisita" y percibía mucho de "extraño" en ella, en vano intenté descubrir la irregularidad y rastrear el origen de mi percepción de lo "extraño". Examiné el contorno de su frente alta, pálida: era impecable -¡qué fría en verdad esta palabra aplicada a una majestad tan divina!- por la piel, que rivalizaba con el marfil más puro, por la imponente amplitud y la calma, la noble prominencia de las regiones superciliares; y luego los cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda la fuerza del epíteto homérico: "cabellera de jacinto".

Miraba el delicado diseño de la nariz y sólo en los graciosos medallones de los hebreos he visto una perfección semejante. Tenía la misma superficie plena y suave, la misma tendencia casi imperceptible a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente curvas, que revelaban un espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Allí estaba en verdad el triunfo de todas las cosas celestiales: la magnífica sinuosidad del breve labio superior, la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos juguetones y el color expresivo; los dientes, que reflejaban con un brillo casi sorprendente los rayos de la luz bendita que caían sobre ellos en la más serena y plácida y, sin embargo, radiante, triunfal de todas las sonrisas.

Analizaba la forma del mentón y también aquí encontraba la noble amplitud, la suavidad y la majestad, la plenitud y la espiritualidad de los griegos, el contorno que el dios Apolo reveló tan sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y entonces me asomaba a los grandes ojos de Ligeia.

Para los ojos no tenemos modelos en la remota antigüedad. Quizá fuera, también, que en los de mi amada yacía el secreto al cual alude Verulam. Eran, creo, más grandes que los ojos comunes de nuestra raza, más que los de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Pero sólo por instantes -en los momentos de intensa excitación- se hacía más notable esta peculiaridad de Ligeia. Y en tales ocasiones su belleza -quizá la veía así mi imaginación ferviente- era la de los seres que están por encima o fuera de la tierra, la belleza de la fabulosa hurí de los turcos. Los ojos eran del negro más brillante, velados por oscuras y largas pestañas. Las cejas, de diseño levemente irregular, eran del mismo color. Sin embargo, lo "extraño" que encontraba en sus ojos era independiente de su forma, del color, del brillo, y debía atribuirse, al cabo, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido tras cuya vasta latitud de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual!

La expresión de los ojos de Ligeia... ¡Cuántas horas medité sobre ella! ¡Cuántas noches de verano luché por escrutarla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me poseía la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Llegaron a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y yo era para ellas el más fervoroso de los astrólogos.

No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica, punto más atrayente, más excitante que el hecho -nunca, creo, mencionado por las escuelas- de que en nuestros intentos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, con frecuencia llegamos a encontrarnos al borde mismo del recuerdo, sin poder, al fin, asirlo. Y así cuántas veces, en mi intenso examen de los ojos de Ligeia, sentí que me acercaba al conocimiento cabal de su expresión, me acercaba, aún no era mío, y al fin desaparecía por completo. Y (¡extraño, ah, el más extraño de los misterios!) encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de Ligeia penetró en mi espíritu, donde moraba como en un altar, yo extraía de muchos objetos del mundo material un sentimiento semejante al que provocaban, dentro de mí, sus grandes y luminosas pupilas.

Pero no por ello puedo definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera percibirlo con calma. Lo he reconocido a veces, repito, en una viña, que crecía rápidamente, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de un veloz curso de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en la mirada de gentes muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una, de sexta magnitud, doble y cambiante, que puede verse cerca de la gran estrella de Lira) que, miradas con el telescopio, me han inspirado el mismo sentimiento.

Me ha colmado al escuchar ciertos sones de instrumentos de cuerda, y no pocas veces al leer pasajes de determinados libros. Entre innumerables ejemplos, recuerdo bien algo de un volumen de Joseph Glanvill que (quizá simplemente por lo insólito, ¿quién sabe?) nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: "Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".

Los años transcurridos y las reflexiones consiguientes me han permitido rastrear cierta remota conexión entre este pasaje del moralista inglés y un aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de pensamiento, de acción, de palabra, era posiblemente en ella un resultado, o por lo menos un índice, de esa gigantesca voluntad que durante nuestras largas relaciones no dejó de dar otras pruebas más numerosas y evidentes de su existencia. De todas las mujeres que jamás he conocido, la exteriormente tranquila, la siempre plácida Ligeia, era presa con más violencia que nadie de los tumultuosos buitres de la dura pasión. Y no podía yo medir esa pasión como no fuese por el milagroso dilatarse de los ojos que me deleitaban y aterraban al mismo tiempo, por la melodía casi mágica, la modulación, la claridad y la placidez de su voz tan profunda, y por la salvaje energía (doblemente efectiva por contraste con su manera de pronunciarlas) con que profería habitualmente sus extrañas palabras.

He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, como nunca lo hallé en una mujer. Su conocimiento de las lenguas clásicas era profundo, y, en la medida de mis nociones sobre los modernos dialectos de Europa, nunca la descubrí en falta. A decir verdad, en cualquier tema de la alabada erudición académica, admirada simplemente por abstrusa, ¿descubrí alguna vez a Ligeia en falta? ¡De qué modo singular y penetrante este punto de la naturaleza de mi esposa atrajo, tan sólo en el último periodo, mi atención!

Dije que sus conocimientos eran tales que jamás los hallé en otra mujer, pero, ¿dónde está el hombre que ha cruzado, y con éxito, toda la amplia extensión de las ciencias morales, físicas y metafísicas? No vi entonces lo que ahora advierto claramente: que las adquisiciones de Ligeia eran gigantescas, eran asombrosas; sin embargo, tenía suficiente conciencia de su infinita superioridad para someterme con infantil confianza a su guía en el caótico mundo de la investigación metafísica, a la cual me entregué activamente durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué amplio sentimiento de triunfo, con qué vivo deleite, con qué etérea esperanza sentía yo -cuando ella se entregaba conmigo a estudios poco frecuentes, poco conocidos- esa deliciosa perspectiva que se agrandaba en lenta gradación ante mí, por cuya larga y magnífica senda no hollada podía al fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado premiosa, demasiado divina para no ser prohibida!

¡Así, con qué punzante dolor habré visto, después de algunos años, emprender vuelo a mis bien fundadas esperanzas y desaparecer! Sin Ligeia era yo un niño a tientas en la oscuridad. Sólo su presencia, sus lecturas, podían arrojar vívida luz sobre los muchos misterios del trascendentalismo en los cuales vivíamos inmersos. Privadas del radiante brillo de sus ojos, esas páginas, leves y doradas, tornáronse más opacas que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaron cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que yo escrutaba. Ligeia cayó enferma. Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado, demasiado magnífico; los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba y las venas azules de su alta frente latieron impetuosamente en las alternativas de la más ligera emoción. Vi que iba a morir y luché desesperadamente en espíritu con el torvo Azrael.

Y las luchas de la apasionada esposa eran, para mi asombro, aún más enérgicas que las mías. Muchos rasgos de su adusto carácter me habían convencido de que para ella la muerte llegaría sin sus terrores; pero no fue así. Las palabras son impotentes para dar una idea de la fiera resistencia que opuso a la Sombra. Gemí de angustia ante el lamentable espectáculo. Yo hubiera querido calmar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su salvaje deseo de vivir, vivir, sólo vivir, el consuelo y la razón eran el colmo de la locura. Sin embargo, hasta el último momento, en las convulsiones más violentas de su espíritu indómito, no se conmovió la placidez exterior de su actitud. Su voz se tornó más suave; más profunda, pero yo no quería demorarme en el extraño significado de las palabras pronunciadas con calma. Mi mente vacilaba al escuchar fascinada una melodía sobrehumana, conjeturas y aspiraciones que la humanidad no había conocido hasta entonces.

De su amor no podía dudar, y me era fácil comprender que, en un pecho como el suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte medí toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, desplegaba ante mí los excesos de un corazón cuya devoción más que apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo había merecido yo la bendición de semejantes confesiones? ¿Cómo había merecido la condena de que mi amada me fuese arrebatada en el momento en que me las hacía? Pero no puedo soportar el extenderme sobre este punto. Sólo diré que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, ay, inmerecido, otorgado sin ser yo digno, reconocí el principio de su ansioso, de su ardiente deseo de vida, esa vida que huía ahora tan velozmente. Soy incapaz de describir, no tengo palabras para expresar esa ansia salvaje, esa anhelante vehemencia de vivir, sólo vivir.

La medianoche en que murió me llamó perentoriamente a su lado, pidiéndome que repitiera ciertos versos que había compuesto pocos días antes. La obedecí. Helos aquí:

¡Vedla! ¡Es noche de gala
en los últimos años solitarios!
La multitud de ángeles alados,
con sus velos, en lágrimas bañados,
son público de un teatro que contempla
un drama de esperanzas y temores,
mientras toca la orquesta, indefinida,
la música sin fin de las esferas.

Imágenes del Dios que está en lo alto,
allí los mimos gruñen y mascullan,
corren aquí y allá; y los apremian
vastas cosas informes
que el escenario alteran de continuo,
vertiendo de sus alas desplegadas,
un invisible, largo Sufrimiento.

¡Este múltiple drama ya jamás,
jamás será olvidado!
Con su Fantasma siempre perseguido
por una multitud que no lo alcanza,
en un círculo siempre de retorno
al lugar primitivo,
y mucho de Locura, y más Pecado,
y más Horror -el alma de la intriga.

¡Ah, ved: entre los mimos en tumulto
una forma reptante se insinúa!
¡Roja como la sangre se retuerce
en la escena desnuda!
¡Se retuerce y retuerce! Y en tormentos
los mimos son su presa,
y sus fauces destilan sangre humana,
y los ángeles lloran.

¡Apáganse las luces, todas, todas!
Y sobre cada forma estremecida
cae el telón, cortina funeraria,
con fragor de tormenta.
Y los ángeles pálidos y exangües,
ya de pie, ya sin velos, manifiestan
que el drama es el del "Hombre", y que es su héroe
el Vencedor Gusano.

-¡Oh, Dios! -gritó casi Ligeia, incorporándose de un salto y tendiendo sus brazos al cielo con un movimiento espasmódico, al terminar yo estos versos. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre Celestial! ¿Estas cosas ocurrirán irremisiblemente? ¿El Vencedor no será alguna vez vencido? ¿No somos una parte, una parcela de Ti? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.

Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer los blancos brazos y volvió solemnemente a su lecho de muerte. Y mientras lanzaba los últimos suspiros, mezclado con ellos brotó un suave murmullo de sus labios. Acerqué mi oído y distinguí de nuevo las palabras finales del pasaje de Glanvill: "El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".

Murió; y yo, deshecho, pulverizado por el dolor, no pude soportar más la solitaria desolación de mi morada, y la sombría y ruinosa ciudad a orillas del Rin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Ligeia me había legado más, mucho más, de lo que por lo común cae en suerte a los mortales.

Entonces, después de unos meses de vagabundeo tedioso, sin rumbo, adquirí y reparé en parte una abadía cuyo nombre no diré, en una de las más incultas y menos frecuentadas regiones de la hermosa Inglaterra. La sombría y triste vastedad del edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos recuerdos melancólicos y venerables vinculados con ambos, tenían mucho en común con los sentimientos de abandono total que me habían conducido a esa remota y huraña región del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, ruinoso, invadido de musgo, sufrió pocos cambios, me dediqué con infantil perversidad, y quizá con la débil esperanza de aliviar mis penas, a desplegar en su interior magnificencias más que reales.

Siempre, aun en la infancia, había sentido gusto por esas extravagancias, y entonces volvieron como una compensación del dolor. ¡Ay, ahora sé cuánto de incipiente locura podía descubrirse en los suntuosos y fantásticos tapices, en las solemnes esculturas de Egipto, en las extrañas cornisas, en los moblajes, en los vesánicos diseños de las alfombras de oro recamado! Me había convertido en un esclavo preso en las redes del opio, y mis trabajos y mis planes cobraron el color de mis sueños. Pero no me detendré en el detalle de estos absurdos. Hablaré tan sólo de ese aposento por siempre maldito, donde en un momento de enajenación conduje al altar -como sucesora de la inolvidable Ligeia- a Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules.

No hay una sola partícula de la arquitectura y la decoración de aquella cámara nupcial que no se presente ahora ante mis ojos. ¿Dónde tenía el corazón la altiva familia de la novia para permitir, movida por su sed de oro, que una doncella, una hija tan querida, pasara el umbral de un aposento tan adornado? He dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la cámara -yo, que tristemente olvido cosas de profunda importancia- y, sin embargo, no había orden, no había armonía en aquel lujo fantástico, que se impusieran a mi memoria. La habitación estaba en una alta torrecilla de la abadía fortificada, era de forma pentagonal y de vastas dimensiones. Ocupaba todo el lado sur del pentágono la única ventana, un inmenso cristal de Venecia de una sola pieza y de matiz plomizo, de suerte que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, caían con brillo horrible sobre los objetos.

En lo alto de la inmensa ventana se extendía el enrejado de una añosa vid que trepaba por los macizos muros de la torre. El techo, de sombrío roble, era altísimo, abovedado y decorosamente decorado con los motivos más extraños, más grotescos, de un estilo semi-gótico, semi-druídico. Del centro mismo de esa melancólica bóveda colgaba, de una sola cadena de oro de largos eslabones, un inmenso incensario del mismo metal, en estilo sarraceno, con múltiples perforaciones dispuestas de tal manera que a través de ellas, como dotadas de la vitalidad de una serpiente, veíanse las contorsiones continuas de llamas multicolores.

Había algunas otomanas y candelabros de oro de forma oriental, y también el lecho, el lecho nupcial, de modelo indio, bajo, esculpido en ébano macizo, con baldaquino como una colgadura fúnebre. En cada uno de los ángulos del aposento había un gigantesco sarcófago de granito negro proveniente de las tumbas reales erigidas frente a Luxor, con sus antiguas tapas cubiertas de inmemoriales relieves. Pero en las colgaduras del aposento se hallaba, ay, la fantasía más importante. Los elevados muros, de gigantesca altura -al punto de ser desproporcionados-, estaban cubiertos de arriba abajo, en vastos pliegues, por una pesada y espesa tapicería, tapicería de un material semejante al de la alfombra del piso, la cubierta de las otomanas y el lecho de ébano, del baldaquino y de las suntuosas volutas de los cortinajes que velaban parcialmente la ventana.

Este material era el más rico tejido de oro, cubierto íntegramente, con intervalos irregulares, por arabescos en realce, de un pie de diámetro, de un negro azabache. Pero estas figuras sólo participaban de la condición de arabescos cuando se las miraba desde un determinado ángulo. Por un procedimiento hoy común, que puede en verdad rastrearse en períodos muy remotos de la antigüedad, cambiaban de aspecto. Para el que entraba en la habitación tenían la apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse, esta apariencia desaparecía gradualmente y, paso a paso, a medida que el visitante cambiaba de posición en el recinto, se veía rodeado por una infinita serie de formas horribles pertenecientes a la superstición de los normandos o nacidas en los sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico era grandemente intensificado por la introducción artificial de una fuerte y continua corriente de aire detrás de los tapices, la cual daba una horrenda e inquietante animación al conjunto.

Entre esos muros, en esa cámara nupcial, pasé con Rowena de Tremaine las impías horas del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé sin demasiada inquietud. Que mi esposa temiera la índole hosca de mi carácter, que me huyera y me amara muy poco, no podía yo pasarlo por alto; pero me causaba más placer que otra cosa. Mi memoria volaba (¡ah, con qué intensa nostalgia!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada. Me embriagaba con los recuerdos de su pureza, de su sabiduría, de su naturaleza elevada, etérea, de su amor apasionado, idólatra. Ahora mi espíritu ardía plena y libremente, con más intensidad que el suyo. En la excitación de mis sueños de opio (pues me hallaba habitualmente aherrojado por los grilletes de la droga) gritaba su nombre en el silencio de la noche, o durante el día, en los sombreados retiros de los valles, como si con esa salvaje vehemencia, con la solemne pasión, con el fuego devorador de mi deseo por la desaparecida, pudiera restituirla a la senda que había abandonado -ah, ¿era posible que fuese para siempre?- en la tierra.

Al comenzar el segundo mes de nuestro matrimonio, Rowena cayó súbitamente enferma y se repuso lentamente. La fiebre que la consumía perturbaba sus noches, y en su inquieto sueño hablaba de sonidos, de movimientos que se producían en la cámara de la torre, cuyo origen atribuí a los extravíos de su imaginación o quizá a la fantasmagórica influencia de la cámara misma.

Llegó, al fin, la convalecencia y, por último, el restablecimiento total. Sin embargo, había transcurrido un breve periodo cuando un segundo trastorno más violento la arrojó a su lecho de dolor; y de este ataque, su constitución, que siempre fuera débil, nunca se repuso del todo. Su mal, desde entonces, tuvo un carácter alarmante y una recurrencia que lo era aún más, y desafiaba el conocimiento y los grandes esfuerzos de los médicos. Con la intensificación de su mal crónico -el cual parecía haber invadido de tal modo su constitución que era imposible desarraigarlo por medios humanos-, no pude menos de observar un aumento similar en su irritabilidad nerviosa y en su excitabilidad para el miedo motivado por causas triviales. De nuevo hablaba, y ahora con más frecuencia e insistencia, de los sonidos, de los leves sonidos y de los movimientos insólitos en las colgaduras, a los cuales aludiera en un comienzo.

Una noche, próximo el fin de septiembre, impuso a mi atención este penoso tema con más insistencia que de costumbre. Acababa de despertar de un sueño inquieto, y yo había estado observando, con un sentimiento en parte de ansiedad, en parte de vago terror, los gestos de su semblante descarnado. Me senté junto a su lecho de ébano, en una de las otomanas de la India. Se incorporó a medias y habló, con un susurro ansioso, bajo, de los sonidos que estaba oyendo y yo no podía oír, de los movimientos que estaba viendo y yo no podía percibir.

El viento corría velozmente detrás de los tapices y quise mostrarle (cosa en la cual, debo decirlo, no creía yo del todo) que aquellos suspiros casi inarticulados y aquellas levísimas variaciones de las figuras de la pared eran tan sólo los naturales efectos de la habitual corriente de aire. Pero la palidez mortal que se extendió por su rostro me probó que mis esfuerzos por tranquilizarla serían infructuosos. Pareció desvanecerse y no había criados a quien recurrir. Recordé el lugar donde había un frasco de vino ligero que le habían prescrito los médicos, y crucé presuroso el aposento en su busca. Pero, al llegar bajo la luz del incensario, dos circunstancias de índole sorprendente llamaron mi atención. Sentí que un objeto palpable, aunque invisible, rozaba levemente mi persona, y vi que en la alfombra dorada, en el centro mismo del rico resplandor que arrojaba el incensario, había una sombra, una sombra leve, indefinida, de aspecto angélico, como cabe imaginar la sombra de una sombra.

Pero yo estaba perturbado por la excitación de una inmoderada dosis de opio; poco caso hice a estas cosas y no las mencioné a Rowena. Encontré el vino, crucé nuevamente la cámara y llené un vaso, que llevé a los labios de la desvanecida. Ya se había recobrado un tanto, sin embargo, y tomó el vaso en sus manos, mientras yo me dejaba caer en la otomana que tenía cerca, con los ojos fijos en su persona. Fue entonces cuando percibí claramente un paso suave en la alfombra, cerca del lecho, y un segundo después, mientras Rowena alzaba la copa de vino hasta sus labios, vi o quizá soñé que veía caer dentro del vaso, como surgida de un invisible surtidor en la atmósfera del aposento, tres o cuatro grandes gotas de fluido brillante, del color del rubí.

Si yo lo vi, no ocurrió lo mismo con Rowena. Bebió el vino sin vacilar y me abstuve de hablarle de una circunstancia que, según pensé, debía considerarse como sugestión de una imaginación excitada, cuya actividad mórbida aumentaban el terror de mi mujer, el opio y la hora.

Sin embargo, no pude dejar de percibir que, inmediatamente después de la caída de las gotas color rubí, se producía una rápida agravación en el mal de mi esposa, de suerte que la tercera noche las manos de sus doncellas la prepararon para la tumba, y la cuarta la pasé solo, con su cuerpo amortajado, en aquella fantástica cámara que la recibiera recién casada. Extrañas visiones engendradas por el opio revoloteaban como sombras delante de mí. Observé con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las cambiantes figuras de los tapices, las contorsiones de las llamas multicolores en el incensario suspendido. Mis ojos cayeron entonces, mientras trataba de recordar las circunstancias de una noche anterior, en el lugar donde, bajo el resplandor del incensario, había visto las débiles huellas de la sombra. Pero ya no estaba allí, y, respirando con más libertad, volví la mirada a la pálida y rígida figura tendida en el lecho.

Entonces me asaltaron mil recuerdos de Ligeia, y cayó sobre mi corazón, con la turbulenta violencia de una marea, todo el indecible dolor con que había mirado su cuerpo amortajado. La noche avanzaba, y con el pecho lleno de amargos pensamientos, cuyo objeto era mi único, mi supremo amor, permanecí contemplando el cuerpo de Rowena.

Quizá fuera media noche, tal vez más temprano o más tarde, pues no tenía conciencia del tiempo, cuando un sollozo sofocado, suave, pero muy claro, me sacó bruscamente de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de muerte. Presté atención en una agonía de terror supersticioso, pero el sonido no se repitió. Esforcé la vista para descubrir algún movimiento del cadáver, mas no advertí nada. Sin embargo, no podía haberme equivocado. Había oído el ruido, aunque débil, y mi espíritu estaba despierto.

Mantuve con decisión, con perseverancia, la atención clavada en el cuerpo. Transcurrieron algunos minutos sin que ninguna circunstancia arrojara luz sobre el misterio. Por fin, fue evidente que un color ligero, muy débil y apenas perceptible se difundía bajo las mejillas y a lo largo de las hundidas venas de los párpados. Con una especie de horror, de espanto indecibles, que no tiene en el lenguaje humano expresión suficientemente enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que mis miembros se ponían rígidos.

Sin embargo, el sentimiento del deber me devolvió la presencia de ánimo. Ya no podía dudar de que nos habíamos apresurado en los preparativos, de que Rowena aún vivía. Era necesario hacer algo inmediatamente; pero la torre estaba muy apartada de las dependencias de la servidumbre, no había nadie cerca, yo no tenía modo de llamar en mi ayuda sin abandonar la habitación unos minutos, y no podía aventurarme a salir. Luché solo, pues, en mi intento de volver a la vida el espíritu aún vacilante. Pero, al cabo de un breve periodo, fue evidente la recaída; el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente apretados y contraídos en la espectral expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos cubrieron rápidamente la superficie del cuerpo, y la habitual rigidez cadavérica sobrevino de inmediato. Volví a desplomarme con un estremecimiento en el diván de donde me levantara tan bruscamente y de nuevo me entregué a mis apasionadas visiones de Ligeia.

Así transcurrió una hora cuando (¿era posible?) advertí por segunda vez un vago sonido procedente de la región del lecho. Presté atención en el colmo del horror. El sonido se repitió: era un suspiro. Precipitándome hacia el cadáver, vi -claramente- temblar los labios. Un minuto después se entreabrían, descubriendo una brillante línea de dientes nacarados. La estupefacción luchaba ahora en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces reinara solo.

Sentí que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y sólo por un violento esfuerzo logré al fin cobrar ánimos para ponerme a la tarea que mi deber me señalaba una vez más. Había ahora cierto color en la frente, en las mejillas y en la garganta; un calor perceptible invadía todo el cuerpo; hasta se sentía latir levemente el corazón. Mi esposa vivía, y con redoblado ardor me entregué a la tarea de resucitarla. Froté y friccioné las sienes y las manos, y utilicé todos los expedientes que la experiencia y no pocas lecturas médicas me aconsejaban. Pero en vano. De pronto, el color huyó, las pulsaciones cesaron, los labios recobraron la expresión de la muerte y, un instante después, el cuerpo todo adquiría el frío de hielo, el color lívido, la intensa rigidez, el aspecto consumido y todas las horrendas características de quien ha sido, por muchos días, habitante de la tumba.

Y de nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo (¿y quién ha de sorprenderse de que me estremezca al escribirlo?), de nuevo llegó a mis oídos un sollozo ahogado que venía de la zona del lecho de ébano. Mas, ¿a qué detallar el inenarrable horror de aquella noche? ¿A qué detenerme a relatar cómo, hasta acercarse el momento del alba gris, se repitió este horrible drama de resurrección; cómo cada espantosa recaída terminaba en una muerte más rígida y aparentemente más irremediable; cómo cada agonía cobraba el aspecto de una lucha con algún enemigo invisible, y cómo cada lucha era sucedida por no sé qué extraño cambio en el aspecto del cuerpo? Permitidme que me apresure a concluir.

La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes, aunque despertase de una disolución más horrenda y más irreparable. Yo había cesado hacía rato de luchar o de moverme, y permanecía rígido, sentado en la otomana, presa indefensa de un torbellino de violentas emociones, de todas las cuales el pavor era quizá la menos terrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se movía, y ahora con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con inusitada energía el semblante, los miembros se relajaron y, de no ser por los párpados aún apretados y por las vendas y paños que daban un aspecto sepulcral a la figura, podía haber soñado que Rowena había sacudido por completo las cadenas de la muerte.

Pero si entonces no acepté del todo esta idea, por lo menos pude salir de dudas cuando, levantándose del lecho, a tientas, con débiles pasos, con los ojos cerrados y la manera peculiar de quien se ha extraviado en un sueño, aquel ser amortajado avanzó osada y palpablemente, hasta el centro del aposento.

No temblé, no me moví, pues una multitud de ideas inexpresables vinculadas con el aire, la estatura, el porte de la figura cruzaron velozmente por mi cerebro, paralizándome, convirtiéndome en fría piedra. No me moví, pero contemplé la aparición. Reinaba un loco desorden en mis pensamientos, un tumulto incontenible. ¿Podía ser, realmente, Rowena viva la figura que tenía delante? ¿Podía ser realmente Rowena, Rowena Trevanion de Tremaine, la de los cabellos rubios y los ojos azules? ¿Por qué, por qué lo dudaba?

El vendaje ceñía la boca, pero ¿podía no ser la boca de Rowena de Tremaine? Y las mejillas -con rosas como en la plenitud de su vida-, sí podían ser en verdad las hermosas mejillas de la viviente señora de Tremaine. Y el mentón, con sus hoyuelos, como cuando estaba sana, ¿podía no ser el suyo? Pero entonces, ¿había crecido ella durante su enfermedad? ¿Qué inenarrable locura me invadió al pensarlo? De un salto llegué a sus pies. Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de la cabeza, sueltas, las horribles vendas que la envolvían, y entonces, en la atmósfera sacudida del aposento, se desplomó una enorme masa de cabellos desordenados: ¡eran más negros que las alas de cuervo de la medianoche! Y lentamente se abrieron los ojos de la figura que estaba ante mí.

"¡En esto, por lo menos -grité-, nunca, nunca podré equivocarme! ¡Éstos son los grandes ojos, los ojos negros, los extraños ojos de mi perdido amor, los de... los de... LIGEIA!"

domingo, 26 de abril de 2009

Historia de Vampiros



Era un vampiro que sorbia agua

por las noches y por las madrugadas

al mediodia y en la cena

era abstemio de sangre
y por eso el bochorno
de los otros vampiros
y de las vampiresas

contra viento y marea se propuso
fundar una bandada
de vampiros anonimos

hizo camana bajo la menguante
bajo la llena y la creciente
sus modestas pancartas proclamaban
vampiros beban agua
la sangre trae cancer

es claro lo quiropteros
reunidos en su agora de sombras
opinaron que eso era inaudito

aquel loco aquel alucinado
podia convencer a los vampiros flojos
esos que liban boldo tras la sangre

de modo que una noche
con nubes de tormenta
cinco vampiros fuertes
sedientos de hematies plaquetas leucocitos
rodearon al chiflado al insurrecto
y acabaron con el y su imprudencia

cuando por fin la luna
pudo asomarse vio alla abajo
el pobre cuerpo del vampiro anonimo
con cinco heridas que manaban
formando un gran charco de agua

lo que no pudo ver la luna
fue que los cinco ejectores
se refugiaban en un arbol
y a su pesar reconocian
que aquello no sabia mal

desde esa noche que fue historica
ni los vampiros ni las vampiresas
chupan mas sangre resolvieron
por unanimidad pasare al agua

como suele ocurrir en estos casos
el singular vampiro anonimo
es venerado como un martir

Mario Benedetti

jueves, 12 de marzo de 2009

Italianos desentierran "vampiro" en antigua fosa de Venecia


Por Daniel Flynn

ROMA (Reuters) - Investigadores italianos creen haber encontrado los restos de un "vampiro" femenino en Venecia, enterrada con un ladrillo entre sus quijadas para prevenir que se alimentara de las víctimas de una plaga que azotó la ciudad en el siglo XVI.

Matteo Borrini, un antropólogo de la Universidad de Florencia, dijo que el descubrimiento en la pequeña isla de Lazzaretto Nuovo, en la laguna de Venecia, respalda las creencias medievales de que vampiros estaban detrás de la propagación de plagas como la peste negra.

"Esta es la primera vez que la arqueología ha logrado reconstruir el ritual de exorcismo de un vampiro", dijo Borroni por teléfono a Reuters.

"Esto ayuda (...) a probar como nació el mito de los vampiros", agregó.

El esqueleto fue desenterrado de una fosa común de la plaga veneciana de 1576 en Lazzaretto Nuovo, una isla situada a unos tres kilómetros al noreste de Venecia usada como sanatorio para quienes sufrían de la plaga.

La sucesión de plagas que causó estragos en Europa entre el 1300 y 1700 fomentó la creencia en los vampiros, debido principalmente a que la descomposición de los cadáveres no era bien comprendida, dijo Borrini.

Los sepultureros que reabrían las tumbas comunes algunas veces encuentran cuerpos hinchados por el gas, con el cabello aún creciendo y sangre saliendo de sus bocas y creen que están todavía vivos.

Las mortajas usadas para cubrir los rostros de los muertos muchas veces se pudrían por las bacterias de la boca, revelando los dientes de los cadáveres. Los vampiros son popularmente conocidos como "comedores de mortajas".

De acuerdo a textos médicos y religiosos medievales, los "no muertos" expandían la pestilencia para poder succionar el resto de vida de los cadáveres hasta que adquirían las fuerzas para volver de nuevo a las calles.

"Para matar a un vampiro debes remover la mortaja de su boca, que era su alimento como la leche para un niño, y poner algo que no se pudiera comer ahí", dijo Borrini.

"Es posible que otros cadáveres hayan sido encontrados con ladrillos en sus bocas, pero esta es la primera vez que el ritual ha sido reconocido", agregó.

Mientras las leyendas sobre los bebedores de sangre se remontan a miles de años atrás, la figura moderna del vampiro fue resumida en la novela de 1897 "Drácula", del autor irlandés Bram Stoker, basada en cuentos populares de Europa Oriental del siglo XVIII.

(Editado en español por Esteban Israel)

sábado, 21 de febrero de 2009

Mitología de Vampiros

Mitologías

-La figura del vampiro está regida por unas leyes fijas (como pueden ser el regresar a la tumba con el alba, el evitar el contacto con ajos y crucifijos o el no poder cruzar cursos de agua en movimiento) pero posee también capacidades que están fuera de alcance de toda comprensión humana, además de la inmortalidad, que le otorgan a estos seres un inquietante y sugerente poder; la habilidad para controlar los elementos y tomar formas animales distintas es bien conocida por todo el mundo. Sin embargo, existe otro aspecto característico del vampirismo que nos atrae con mayor fuerza: la sexualidad. Estas criaturas necesitan a toda costa saciar sus necesidades de sangre, obtener el placer de chupar la vida de los mortales a cualquier precio, y para ello son capaces de utilizar todos los medios que estén a su abasto.

Sólo se puede librar de ellos clavándoles una estaca en el corazón, cortándoles la cabeza, o sumergiéndolos en llamas. Los crucifijos, el ajo, el agua bendita y los lugares santos brindarán protección.

Ya en la antigua Babilonia existían leyendas sobre supuestas bestias "bebedoras de sangre" (Lilith, espíritu malvado que provocaba sueños lascivos y de la que se dice que fue la primera mujer de Adán), así como en la mitología asiria encontramos diferentes figuras sobre peculiares criaturas que volvían de la muerte para atormentar a los vivos. Las rutas de la seda que cruzaban Asia se encargaron de extender este tipo de leyendas; por todas partes aparecen seres míticos que se relacionan estrechamente con los vampiros. Encontramos a los Rakshasas hindúes, los Berbangs filipinos, los Langsuir malayos, al Ch'ing-Shih chino o al Jikininki japonés. Pero también en África y América aparecen seres semejantes entre las leyendas de los pueblos indígenas; entidades que se adhieren al espíritu humano para irle absorbiendo, poco a poco, la vida.


En demonología Asiria, se tratan de malvados vampiros.


Lilith: Se dice que fue la primera mujer de Adán, que Dios los creó de la tierra e iguales en todas maneras, pero como Adán intentó que quedase bajo él en el acto sexual, se sintió insultada, por lo cual se reveló y voló lejos copulando con otros seres, dando a luz niños demoníacos. Dios envió tres ángeles para que regresara.
Esta al negarse fue castigada con la muerte de sus hijos, ella en venganza juró que estrangularía a todos los recién nacidos y seduciría a los hombres en sus sueños para luego atormentarlos. Por otra parte, Eva sería creada después más dócil, incluso se dice que Lilith es la verdadera madre de Caín. Así, Lilith se convertiría en el mayor demonio femenino que unida a Namaah recorrerán el mundo como las reinas de seducción y lujuría.

Ella también dominaba las artes de la magia. Ahora Lilith, es la consorte del demonio Samael, con quien procrea cientos de demonios.Antes de convertirse en la Señora de los Demonios, durmió una noche más con Adán, de donde dicha unión, nacieron Shedim, Linin y Ruchin.

En Mesopotamia tenía mucha importancia la creencia en los seres sobrenaturales o deidades y espíritus de los muertos o muertos vengativos. Los primeros podrían ser de muchas clases: monstruos que acechaban en lugares desérticos; labartu, demonio femenino de las montañas; Sedu y Lamassu, seres ambivalentes que podían actuar como espíritus tutelares o como espíritus maléficos; Namtaru era el demonio de la peste; Pazuzu era un demonio del viento; Lilitu (de la que se deriva Lilit) era un demonio súcubo que visitaba a los hombres por la noche. Los rasgos de estos seres son terroríficos,según la demonología.

La introducción de la figura del vampiro en Europa se produjo, con la llegada de los gitanos procedentes de la India, quienes legaron a la cultura eslava las leyendas de los denominados "parásitos del alma". En Bulgaria aparecería el krvoijac, en Prusia el gierach, en Rumania el strigoiul, en Polonia el upier, en Serbia el vlkoslak, en Hungría el vampyr.También la cultura griega se vería influenciada con la aparición del brukolako. En la tradición latina, como en casi todas las religiones, la sangre juega también un papel destacado y los vampiros se introducirían en ella bajo el nombre de lamias o súcubos.
Los campesinos explicaban historias acerca de estas criaturas, de sus costumbres, sus poderes y las formas existentes para acabar con ellas. Pero, ¿quién se transforma en vampiro? Aquellos que mueren víctimas de otro vampiro, aquellos que fallecen por accidente o asesinados, los que al morir se ven reflejados en un espejo, el séptimo hijo de una familia que muere de forma precipitada, todos ellos son susceptibles de sufrir una transformación tras la muerte, de no obtener el descanso adecuado.

--Vampiros en el Mundo--

En África:
Apoop
: vampiro egipcio híbrido entre animal. Poseía una cabeza de lobo o perro y unos afilados colmillos para engullir cadáveres humanos.
Gulo
: vampiro Islámico que presenta grandes diferencia con los vampiros de tradición cristiana. Es un ser de apariencia normal para pasar inadvertido, que se mueve entre el cielo y la tierra y que no posee fotofobia. Solían habitar en los cementerios y eran aficionados a la necrofagia. Se les puede combatir con fuego.
Lamias: criaturas de sexo femenino mezcla de mujer y serpiente que habitaban en los desiertos. No poseían habla pero podían emitir unos bonitos silbidos que atraían a los viajeros que posteriormente engullían.

--En Europa--

Güaxas y Sacauntos: vienen de Asturias y Cantabria respectivamente.En España la creencia de que seres que habían muerto revivían es muy antigua.
Mulo: también llamado "vampiro gitano" significa "el que está muerto" y proviene de la fusión de viejas tradiciones de los países del Este. Suelen realizar acciones de tipo sexual y solo es posible la conversión en Mulo si se es de etnia gitana.
Vurdalak: reúne varios rasgos de seres fantásticos procedentes del Peloponeso. Al igual que el vampiro Rumano puede ascender al cielo y engullir la Luna causando los eclipses. Posee el color de la sangre y aspecto congestionado así como piel tirante al igual que el vampiro griego. Lo hace especialmente terrorífico su afición a atacar a los parientes más cercanos y queridos. La mejor forma de neutralizarlo es introduciendo en su ombligo una rama de espino quemando después su cuerpo,previamente recubierto de rastrojos, con una vela utilizada para velar a un muerto. Striges: Hermosas mujeres vampiro de cuya existencia se creía en la antigua Roma. Eran criaturas voladoras que entraban por la noche en las cunas de los recién nacidos para arrancarles el corazón con su pico.
Strigoi: procedente de Rumania. Su nombre deriva de striga, 'gritar' debido a los chillidos que se oyen cuando luchan entre sí.Pueden nacer así o haberse convertido una vez muertos. Los nacidos tienen dos corazones y una cola recubierta de pelo que les confiere fuerza.Los que proceden de una muerte son mucho más sádicos y maléficos, y pueden convertirse en insectos o seres de la noche con asombrosa facilidad.
Lemures: también tuvieron su principio en la antigua Roma.Se creía que eran espíritus de los antepasados que podían haberse convertido en vampiros y a los que solo se les podía calmar con complicados rituales.

--En Ámerica--

Resulta curioso el gran parecido entre el mito del vampiro en Europa y América siendo dos continentes que estuvieron completamente aislados hasta finales del siglo XV, es precisamente en este hecho en lo que muchos han visto una prueba de la existencia real de los vampiros. Se sabe que los propios indios americanos desarrollaron actividades de índole vampírica. Algunos indios comían ciertas partes de la anatomía de los enemigos, ya estuvieran vivos o muertos. Creían que si comían el corazón adquirían coraje y si se comían el cerebro inteligencia. La leyenda del chupador de sangre en América adoptaba las siguientes formas:
Asema: de Sudamérica, era una especie de hechicero que podía abandonar su cuerpo por las noches para alimentarse de otros.
Cihuateo
: vampiro femenino cuyo origen está en la civilización Azteca. Se creía que una mujer se convertía en él cuando moría durante el parto. Presenta similitudes con las Lamias de la civilización romana.
Thluelphuchi : también procedente de México. Podía transformarse para atacar y alimentarse de otros.



--En Asia--

Ekimmu: Procedentes de la región de Babilonia, eran espectros que al no encontrar descanso se dedicaban a adueñarse de las almas de los vivos. A los que vivían en el desierto se les llamaba Utuhhu y poseían la habilidad de camuflarse entre las dunas para atacar a los hombres. Otra variedad de estos eran los Maskin, que poseían la habilidad de volar y podían provocar eclipses. Lilith : demonio femenino de los hebreos que bebe sangre de los recién nacidos.
Ch'iang Shih
: vampiro de origen chino que adquiere forma humana gracias a un cadaver. Realiza bellos vuelos por la noche y recibe su fuerza de la Luna. Tiene una larga melena de pelo, ojos de un curioso brillo y unas uñas muy largas.
Rakhasa: vampiro procedente de la India. Es un ente semidivino que encarna las pasiones extremas (lujuria, glotonería, y violencia). Son aficionados a realizar rituales caníbales pero a pesar de su desmesurado sadismo y crueldad se presentan entre ellos cierto respeto y afecto. Utilizan la magia con gran maestría y pueden transformarse a voluntad.
Rati-Mbati-Ndua
: se trata en realidad de una entidad divina procedente de Indonesia. Posee la capacidad de transformarse en cualquier cosa y le gusta devorar a los muertos con su único diente. Posee alas en vez de brazos y adquiere la forma de un meteorito llamante cuando surca el
cielo.





En la Mitología fantástica de Tolkien, ninguna historia nos dice si Melkor crió al malvado murciélago chupador de sangre de la Tierra Media a partir de un ave o de un animal. Pero se cuenta que en la Primera Edad del Sol, los espíritus vampiros -bajo esta forma alada, de gran tamaño y armados con garras de acero- entraron al servicio de Melkor, el Enemigo Oscuro. En la Búsqueda del Silmaril, Thuringwethil, la mujer de la sombra secreta, era una poderosa vampira y la principal mensajera que viajaba entre Angband y Tol-in-Gaurhoth, donde Sauron gobernaba a los licántropos. Cuando cayó Tol-in-Gaurhoth, el propio Sauron tomó la forma de vampiro para huir.Una vez deshecho su poder hechicero, también se disiparon otros encantamientos malignos. La capa que le daba a Thuringwethil la capacidad de adoptar la forma de murciélago se le cayó, y el temido espíritu de la vampira huyó.

COMO CONVERTIRSE EN VAMPIRO:




- Animales que saltan por encima de un cuerpo:
Si una persona ha muerto, y un animal (normalmente un gato) salta por encima de el cuerpo, antes de ser enterrado, la persona puede llegar a ser un vampiro. En Rumania esto se puede curar poniendo un pedazo de hierro en la mano de el cadáver.

- Cabello rojo:
En la Mitología griega era muy común que personas pelirrojas, después de la muerte se convirtieran en vampiros. Esto es por la creencia que Judas Iscariot tenía cabello rojo.

- Otras Maneras Comunes:
Suicidio.
Ser un mago o bruja.
Ser el séptimo hijo.
Ser mordido por un vampiro.
Beber la sangre de un vampiro.
Ser víctima de un asesinato sin vengar.
Un cuerpo muerto que sea reflejado en un espejo.
Por no recibir un entierro propio.

El vampiro original

Imagen
EL VAMPIRO ORIGINAL:

Esta leyenda de vampiros es de 125 A.C. originalmente estaba escrita en griego.

Las leyendas de vampiros se originaron de este a oeste en compañía de las caravanas a lo largo de la ruta de la seda por el Mediterráneo. De allí se extendieron a Asia y luego a las tierras Eslavas y los Cárpatos. Los mitos estaban originalmente más estrechamente asociados con Irán, entonces emigraron alrededor del siglo VIII, a donde están ahora. Casi en cuanto llegaron, el proceso de cristianización empezó y las leyendas de vampiros sobrevivieron como mitos.

Más tarde los Gitanos emigraron desde norte hacia el oeste de la India (donde tienen varios mitos de vampiros ), ya allí sus mitos se mezclaron con los del pueblo Eslavo. Los Gitanos llegaron a Transilvania brevemente antes de que Vlad Dracul naciera en 1431. El vampiro aquí era el fantasma de una persona muerta, que en la mayoría de casos habían sido una bruja, mago etc.

Se tiene miedo a los vampiros, porque ellos matan personas pero al mismo tiempo se parecen a ellas. Pero hay ciertas cosas que los diferencian de un ser vivo, no puede proyectar ningún tipo de sombra ni se puede reflejar en ningún espejo. Además los vampiros pueden cambiar de forma, como por ejemplo la de un murciélago, rata, lobo o niebla y eso lo hace sumamente difícil de capturar.

Al empezar un nuevo día los vampiros tienen que dormir en sus ataúdes por que los rayos del sol los matarían, pero por la noche despiertan sedientos de sangre. La forma más común de nutrirse es volando por una ventana, en forma de murciélago y entonces morder a la víctima en el cuello y succionarle toda la sangre.

Los vampiros no pueden entrar a una casa sin sera antes invitados, pero en cuanto tienen el permiso, pueden entrar tan a menudo como ellos quieran. El vampiro no es peligroso solo porque mata a las personas sino porque sus víctimas después de muertas se convierten en vampiros.

El lado mas fuerte de los vampiros es que son casi inmortales, sólo algunos ritos muy especiales poden matarlos tal como: clavar una estaca en su corazón, cortar su cabeza o quemar su cuerpo.

Vampiros



A través de los siglos, la imagen del vampiro ha ido adquiriendo una notoria importancia, ha sido un tema (oculto para algunos) que siempre ha permanecido ahí, a nuestro completo alcance, esperando ser estudiado.

Los vampiros, elegantes criaturas de la noche para algunos, crueles y sanguinarios depredadores para otros, protagonistas de un sinfín de historias, leyendas, libros, películas... pero que aún caminan entre nosotros dispuestos a pasar desapercibidos entre la sociedad...

El concepto de vampiro, tal como nosotros lo conocemos, resulta de una fusión entre la superstición, la historia y el propio temor.
En esencia llamamos vampiro a aquella persona que consideramos muerta y vuelve a la vida para alimentarse de sangre humana, con el objetivo de poder subsistir. Teme los objetos religiosos como las cruces y el agua bendita y otros como el ajo, y únicamente puede ser destruído clavandole una estaca en el corazón y con la luz del sol, convirtiéndose a su vez en ceniza, precisamente para protegerse de ella deben buscar refugio en ataudes, bodegas u otros rincones oscuros donde no de la luz.

Pero existen otras dimensiones mucho más complejas del significado de la palabra vampiro, dependiendo de los países, culturas y leyendas que se han arraigado en todo el mundo, a través de los siglos.

En Mesopotamia existían los "Utuhu" y los "Maskin", seres vampíricos con alas membranosas que causaban pestes, caos y destrucción. En Egipto destacaban las diosas "Srun" y "Apop" seres de imagen lobuna y afilados colmillos. La tradición eslava dice que las primeras personas a las que atacan los vampiros son sus familiares, luego sus amigos y por último gente extraña.
En Rumanía, se pensaba que el vampiro seducía a los jóvenes del sexo opuesto, abusando sexualmente de ellos hasta que morían agotados, se trataba de los llamados "Strigoi", que a su vez se ramifican en dos familias; los "Strigoi Vii" que eran las llamadas brujas-vampiro, y los "Strigoi Mort" que son los tradicionales vampiros no-muertos. Los "Lilitu", de Asia Menor, se alimentaban con sangre de recien nacidos, también en Asia Menor se extendió el culto al dios "Baal", el dios de la sangre, en su honor se derramaba sangre de animales y de humanos con el fin de apaciguar la furia del dios, al igual que en La India con los sacrificios realizados para la diosa "Kali". Los Fenicios extendieron el culto a "Astarté" cuyos sacerdotes se rasgaban su própia piel y la vertían en el interior del ataud de "Adonis" el amante de "Astarté". Los Caldeos creían que el acto sexual precedía a la bebida de sangre. Los indios "Pisachas" violaban y devoraban a las mujeres mientras dormían. Las "Lamias" Griegas y Romanas, eran a su vez amantes y vampiros, después del acto sexual devoraban a sus cónyuges. El vampiro ruso, conocido como "Vieszcy", se mordía las manos y pies mientras estaba en la tumba, pero a la media noche se escapaba y atacaba al ganado, les chupaba la sangre y posteriormente tocaba las campanas de la iglesia, como extraño ritual final. El vampiro búlgaro tenía dos formas, en los primeros cuarenta días de vampirismo, tenía un cuerpo membranoso que brillaba en la oscuridad, y después una larga y viperina lengua.Este vampiro búlgaro era conocido como "Wurdolack" y se afirmaba que era un muerto poseído por un demonio, afirmaban que este tipo de vampirismo era herditario. El vampiro alemán, el "Neun Toter", fue el acusado de extender plagas, tenía el cuerpo cubierto de repugnantes y malolientes llagas. Las brujas "civateteo" de México, se creía que eran los fantasmas de mujeres muertas en el parto, por lo que se venganban robando niños. Los "Ekinmu", en la antigua Asiria, eran los fantasmas de personas a las cuales no se las había enterrado adecuadamente, si no se les hacía una ofrenda, bebían la sangre de los vivos, su aparición significaba la muerte segura. En Malasia, las "Langsuir", eran mujeres que se podían transformar en buho, y regresaban de la muerte para atacar a los niños. Los vampiros japoneses, podían tomar la forma de animales terroríficos, incluso se podían disfrazar de sus própias víctimas después de esconder sus cuerpos y finalmente en nuestro país, España aparecen los "Guaxas" asturianos y los "sacauntos" cántabros, que son seres de naturaleza vampírica.
A parte de todo un sinfín más de mitos que han resaltado muy por encima el protagonismo de los vampiros.

A parte del folklore, ha habído otros muchos y sangrientos vampiros a lo largo de la historia, me refiero a personajes históricos con nombres y apellidos propios que practicaban el vampirismo: Vlad Tepes, Elisabeth Bathory, Gilles De Rais, Ed Gein, Peter Kurten y Fritz Arman entre otros.
Todos ellos, cometieron en distintas épocas numerosos asesinatos de tipo sádico, por unas u otras razones, llegando incluso a beber la sangre de sus víctimas, también todos ellos han sido llevados al cine: Drácula, La condesa Sangrienta, El Vampiro de Dusseldorf, La ternura de los lobos, Deranged, Ed gein...

Los vampiros


Si bien existen sugerentes leyendas en todas las civilizaciones de la Antigüedad, desde Egipto a Sumeria, la primera referencia histórica del vampiro se encuentra en la obra de Lucio Apuleyo, un escritor y filósofo romano, que vivió entre los años 125 y 180. Su novela De Asino Aureo cuenta la historia de dos hermanas malignas, Meroe y Panthia, que bebieron la sangre de un tal Sócrates (ninguna relación con el gran filósofo griego). Las hermanas cerraron las heridas de Sócrates con una esponjilla para que éste no se diera cuenta de la pérdida de sangre, pero cuando al día siguiente se inclinó para beber agua de un río, la esponjilla se cayó al agua, y tras ella la última gota de vida. El vampiro como muerto viviente bebedor de sangre ya era conocido en las leyendas de algunos países, siendo posible encontrar relatos en Inglaterra y Dinamarca durante el siglo XII que nos hablan de seres parecidos. Con el tiempo, y especialmente gracias a las novedades que aportaba el llamado Siglo de las Luces, donde se vive el triunfo de la razón y el desprestigio de las supersticiones, fueron poco a poco desapareciendo. Pero años más tarde surgió una de las personas que más hizo para avivar estas creencias en el vampirismo, aunque su idea inicial era rebatir su existencia: el padre benedictino Dom Augustin Calmet (1672-1757). Calmet vulgarizó en el siglo XVIII las leyendas y fábulas de Centroeuropa sobre los vampiros, exponiendo en su obra Tratado sobre los vampiros (1746) las historias de estos seres en tierras de Austria, Hungría, Polonia, Serbia, Moravia, Silesia y Prusia, aunque también anotó casos de lugares tan distantes como Perú, Laponia o Inglaterra. También han existido las leyendas de vampiros en España, como muestran las guaxas en Asturias, las guajonas en Cantabria y las meigas chuchonas en Galicia, todas ellas con un solo colmillo para succionar la sangre de sus víctimas, sobre todo niños.

NOTA: En esta página hay un audio muy interesante sobre los vampiros : http://www.enigmasymisterios.net/nspip/article966.html?lang=es



Los vampiros alrededor del mundo



Como ya hemos mencionado, el vampiro es un tema común en diferentes pueblos alrededor del mundo. Incluso, es posible encontrar referencias a estos seres en culturas tan antiguas como Roma, Sumeria y Egipto.

A grandes rasgos, podemos decir que las leyendas sobre vampiros corrieron de Este a Oeste a través de la ruta de la seda, por el Mediterráneo; los gitanos se encargaron de llevar dichas leyendas a Asia, a países eslavos del Este de Europa, donde encontramos las leyendas más ricas sobre estos seres, y por último a los Cárpatos.

En Mesopotamia se hablaba de seres muy similares a los vampiros a quienes llamaban Utuhu y Maskin y se creía que ellos eran los culpables de enfermedades. Los ekimmu en la antigua Asiria, eran espíritus de personas que no habían tenido un buen entierro y no se les había hecho ninguna ofrenda, como venganza regresaban a succionar la sangre de los humanos. En Egipto, la Diosa Srun tenía grandes colmillos, aspecto de lobo y se alimentaba de humanos. En Fenicia se pensaba que cuando un niño moría era a causa de Lilitu que se alimentaba de su sangre. En la India, la gente ofrecía sacrificios humanos a la diosa Kali Ma.

En la antigua Grecia la mitología hablaba de Lamia que se alimentaba de la sangre de los niños. Empusa era otro vampiro griego hija de la Diosa Hécate, las striges eran deidades con rostro de mujer y cuerpo de ave que se alimentaban de la sangre humana, probablemente estas striges se convirtieron más adelante en las primeras sirenas de la mitología griega.

Sin embargo, la primera referencia documentada sobre vampiros la encontramos en el año 125 a.C con la obra De asino aureo escrita por el filósofo romano Lucio Apuleyo en la que escribe que Meroe y Panthia, dos hermanas, bebieron la sangre de un Sócrates (no relacionado con el filósofo griego).

Benedicto XIV escribió su De vanitate vampirorum en 1749, pero es sin duda gracias al Tratado sobre los vampiros que Agustín Calmet escribió en 1746 que la tradición vampírica se extendió en toda Europa, causando al mismo tiempo terror y fascinación. Durante algún tiempo se llegó a pensar que las brujas y los hechiceros enviaban sus almas a robar sangre y hacer daño incluso antes de su muerte.

En 1863 se habló de una epidemia vampírica en Bulgaria que finalizó hasta que una bruja encontró la manera de destruir al espíritu; además, se decía que los vampiros tenían dos formas: la primera duraba los primeros 40 días en la tumba donde aprendía a ser maligno, una vez pasado este periodo salía de la tumba con la forma que tenía en vida con la única diferencia de tener una larga lengua puntiaguda.

En Transilvania, localizada en lo que actualmente conocemos como Rumania Central existía un vampiro llamado murony que podía convertirse de humano en perro, gato, murciélago o cualquier insecto que se alimente de sangre.

Vieszcy es el vampiro ruso que comía de sus propias manos mientras estaba en la tumba, pero a la media noche cuando lograba escapar se alimentaba de la sangre del ganado. En Alemania se les conocía como neuntoter y se les acusaba de esparcir la peste; los nachzehrer eran otra clase de vampiros alemanes.

España también gozó de tradición vampírica con las guaxas, las guajonas y las meigas chuchonas cuya característica en común era el tener un sólo colmillo con el que succionaban la sangre de humanos. En Cataluña está Ugares.

Los aborígenes australianos consideraban la sangre como la principal fortaleza de los vivos, por lo que la daban de beber a sus enfermos; también acostumbraban a hacer ofrendas de su propia sangre a los espíritus de familiares muertos; si la sangre no se ofrecía de forma libre, entonces el espíritu se enojaba y la robaba de sus familiares.

Algunas tribus africanas también hacían ofrendas de sangre humana o animal a los espíritus de sus ancestros; sin embargo, si la sangre no provenía de un sacrificio, el espíritu podía sentirse ofendido y regresar en forma de un animal para esparcir enfermedad y muerte a sus familiares vivos.

Por último, en diversas culturas de Latinoamérica también encontramos referencias a seres que se alimentaban de sangre humana, como es el caso de los Mapuches con los Pihuychen y Trelke-wekufe, que más tarde serían adoptados por los chilenos; los Aztecas tenían a Civatateo que era el fantasma de una mujer que murió cuando niña y en venganza atacaba a los niños; los Mayas hablaban de Camazotz que era un murciélago con rasgos humanos.

http://lascosasquenuncaexistieron.com/Articulos/20/los-vampiros-alrededor-del-mundo

viernes, 6 de febrero de 2009

Sarah Ellen - Una Vampiro Inglesa sepultada en Pisco - Perú

Se trata de la historia trágica de Sarah Ellen, nacida en el siglo XIX en Inglaterra. En Pisco fue conocida sencillamente como Sara, su tumba se encuentra en el cementerio de la “Beneficiencia Pública” que tiene 150 años.

La leyenda de su vida tomó cuerpo, nuevamente, entre los habitantes más antiguos, cuando el 30% de las tumbas resultaron fuertemente dañadas por el sismo. La sepultura de la “mujer vampiro” permaneció intacta. Una ola de miedo y añejos recuerdos de viejos abuelos, recorrieron la espina dorsal de la comunidad “pisqueña”.

Según David Ramos, administrador del referido camposanto, el nicho es visitado diariamente por unas 20 personas que le llevan flores por los supuestos milagros concedidos. Explicó que si bien Sara Ellen se hizo conocida por ser, presuntamente, una mujer vampiro tiene muchos adeptos que la consideran una “santa del amor”.

En su sepultura, un nicho más, se puede observar al menos 20 placas de agradecimiento y flores frescas. Ramos comentó que incluso es visitada por turistas extranjeros.

Esta historia despertó mi curiosidad y me propuse investigar más de esta extraña mujer y su trágico fin.

Sarah Ellen Morgan , nació el 23 Abril de 1862, en el seno de una familia pudiente. Su padre fue John Carmen Morgan ‎nacido el 14 Agosto de 1842 y fallecido a los 63 años. Su madre se llamaba Rebecca D. Barker nacida en 1840, Ohio, USA. Murió el 21 Abril 1898 a los 58 años, en Barnes City, Mahaska, Iowa, USA.

Sarah tenía cuatro hermanos, Dora Almeda Morgan, William Norman Morgan, Augustus Orren Morgan y John Theron Morgan, quienes, aparentemente, llevaron una vida absolutamente normal.

Se dice de ella que era una mujer hermosa, casada, pero muy conocida por su afición a la magia negra y a los embrujos. En su natal Blackburn, Inglaterra fue acusada por sus vecinos de brujería, vampirismo y asesinato, y por ello ajusticiada en 1893. Antes de morir, Sarah Ellen, habría lanzado una insólita maldición, en la que prometía que cien años después de su muerte volvería para vengarse de los descendientes de sus asesinos, transformada en la figura de una hermosa mujer.

La leyenda cuenta, que a las gentes de la ciudad el vaticinio les preocupó y obligaron a su marido a enterrarla lo más lejos posible de Blackburn, y de Inglaterra. Sus restos fueron enterrados finalmente en 1917 en suelo andino del Perú.



Cómo y que momento llega al Perú, los “pisqueños” no lo tienen muy claro. Para muchos es considerada una santa muy eficiente para unir a las parejas, muchos rezan frente a su nicho, agradecen favores concedidos y le llaman, con cariño, “doctora corazón” o “casamentera”.

Su resurrección se esperaba para el 17 de Julio de 1993. Para algunos testigos de esa época tal resurrección no se produjo pero, ese día, la lápida de la tumba comenzó a crujir. Desde antiguo el lugar de su reposo eterno era visitado, periódicamente, por curanderos y peregrinos para rezar a fin de que la mujer vampiro no abandonara su tumba. Estaban convencidos que Sarah Ellen, pese a todo, resucitaría algún día.

Se dice que en el pasado en muchas casas del pueblo ser colocaban trenzas de ajo que, como se sabe, según la tradición alejan a los vampiros que quieren morder a sus inocentes víctimas, a ello se agregaron estacas de madera y cruces bajo las almohadas, para alejar el peligro de alados vampiros que pudieran irrumpir en las casas en busca de sangre de sus moradores.

Cuentan que el año 1993, a contar del 9 de Julio, decenas de personas se dirigieron al nicho donde reposan los restos de la “mujer vampiro”, en tanto que las autoridades aumentaron la vigilancia policial en el cementerio a fin de descartar la posibilidad de una profanación. A las cero horas de cumplida la fecha de la maldición la radios anunciaron que esta no se había cumplido.

Para algunos habitantes, la maldición no fue cumplida por ser las palabras de Sarah interpretadas como un enigma, y que ella lo que quiso decir es que en esa fecha se reencarnaría en una mujer. Se interpreta esto como que ese día nació, en algún lugar, una niña que con lo años tendría singular hermosura y mediante la cual la “mujer vampiro” ejercería su anunciada venganza.

Pisco ha sido siempre una ciudad de leyendas, de exquisitos licores y de muchas historias. Su gente es amable y acogedora.

En cuanto a la tumba de Sarah Ellen, existe una versión menos romántica y misteriosa. Se cuenta que era la esposa de un marino mercante Inglés y que enfermó gravemente cuando el barco, que capitaneaba su esposo, ancló en Pisco. Uno de los remedios que ingería para su mal era un liquido de subido color rojo, que muchos interpretaron como sangre y de allí la historia del vampirismo y todos sus agregados posteriores.

Sin embargo la leyenda original tiene más de cien años y en cada uno de ellos, que duda cabe, se le agregan nuevos detalles a lo que debemos incorporar, ahora, la milagrosa resistencia de la tumba al tercer sismo más grande registrado en el mundo.